jueves, 26 de junio de 2008

Obsesión por la Zeta

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en junio de 2008

Perturbación anímica producida por una idea fija, o idea que con tenaz persistencia asalta la mente, son las dos acepciones con las que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua define el vocablo que con el que empieza el título esta columna.

Si me lo permiten mis queridos reincidentes, les relataré una batallita al hilo de la zeta y luego les cuento lo de la obsesión. Un sábado de éstos, un servidor había quedado en Zaragoza con la escritora y periodista Nieves Concostrina. Ese día, y coincidiendo con la inauguración de la Expo, el equipo del programa radiofónico de RNE “No es un día cualquiera”, en el que Nieves colabora, transmitía en directo desde el interior del recinto de la exposición.

Servidor de ustedes se hallaba junto a la caseta donde se expedían las acreditaciones de prensa cuando recibió la llamada de Nieves.

-¿Dónde andas?
- En la caseta de las acreditaciones de prensa.
- Perfecto, estoy muy cerquita. Saldré por la puerta que verás justo al otro lado. Fíjate en una zeta de agua enorme, al lado de una carpa con muchos ángulos, ahí estoy en dos minutos.

Un servidor, que miraba a diestra y siniestra en busca de la zeta enorme, pese a identificar de inmediato la carpa de los picos y los ángulos, no supo encontrar el farolillo rojo de nuestro abecedario. Dos minutos más tarde Nieves llamaba de nuevo.

- Ya he salido y no te veo. Estoy bajo la zeta.

Y un servidor, que ya veía a Nieves caminar por el otro lado de la avenida, seguía sin ver la zeta de marras.

- Ya te veo, Nieves. Espérame ahí que voy, y me explicas dónde narices está la puñetera zeta.

Efectivamente la zeta estaba allí, justo encima de Nieves. Lo que yo había tomado por una gota de agua despanzurrada, era en realidad una zeta y el logotipo que simboliza la Exposición Universal de Zaragoza 2008. Era una zeta, una zeta de Zaragoza, pero podía haber sido un dos, un patito mal dibujado, el cauce de un río (o de una ría, que diría cierta Ministra) zigzagueando en un valle, la representación de una carretera de montaña como las que nos gustan a los moteros… o váyanse ustedes a saber. Pero era una zeta. Rarita pero zeta. Hasta aquí la batallita.

Esta tarde, mientras este columnista escribía un artículo en el que vestía de limpio a cierto radiopredicador por sus palabras dedicadas a cierta magistrada y a cierta sentencia, y en un receso para airearse sus dos neuronas y fumar un pitillo, aparecía en la tele, en un programa de zapping, también con zeta, Curri Valenzuela, desde su programa de Telemadrid, escandalizada por ponerle a la Expo un símbolo con la Z de ZP, pasando un vídeo en el que, efectivamente, se ve a Zapatero en la inauguración y zetas raritas como la que les describía por doquier, incluso en la solapa de Su Majestad. Se oye a doña Curri, o quizás sea una de sus colaboradoras, mascullar “esto es escandaloso”, “una vergüenza” y demás locuciones sorpresivas sobre la ocurrencia del logo y su identificación con ZP. Concluyen con que no es casual.

Elijan ustedes cuál de las dos acepciones se les antoja más pertinente a la obsesión de Curri, si la de “perturbación anímica producida por una idea fija”, o la de “idea que con tenaz persistencia asalta la mente”. Tiene razón doña Curri, no es casual. Zaragoza se escribe con zeta. Con zeta de Zaragoza.

viernes, 20 de junio de 2008

Esos endemoniados aparatitos.

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en Junio de 2008

Podríamos definir a la sociedad de consumo como aquella que nos convierte en imprescindibles, objetos que poco tiempo atrás nos resultaban del todo innecesarios; sobre todo si hemos caído ya en la tentación –que no en la necesidad- de utilizar utensilios que, si bien apenas existían hace una década, hemos transformado en oscuro objeto de deseo. Pero no de un deseo sano, como el que embarga a mi tía Gertrudis -viuda la pobre desde 1977- cada vez que ve aparecer en el cine -en paños menores y marcando abdominales- a Brad Pitt caracterizado de Aquiles, sino un deseo despiadado y esclavizante, como el que poseía al monstruo de las galletas cuando le pasaban una ídem por delante de los morros.

Cualquiera de nosotros se quedaría vuelto del revés si de hoy para mañana nos viésemos obligados a prescindir del móvil, olvidando que hace poco más de una década salíamos de casa, tan panchos, sin móvil, y que llegábamos a nuestro destino, de la misma manera que lo hacemos hoy, y sin la necesidad añadida de estar permanentemente conectados, o mejor dicho, atrapados por la implacable red de telefonía móvil.

Y aunque resulta del todo incuestionable que el móvil nos puede sacar de un aprieto en un momento de apuro, no es menos cierto que esos endemoniados aparatitos ocasionan al más pintado no pocos quebraderos de cabeza.

El primero y que genera peores consecuencias es perderlo. ¿Alguno de ustedes había perdido antes un teléfono fijo? Pues estos nuevos chismes se pierden –se lo dice uno que ha perdido no uno, sino dos- y lo peor no es eso. Porque uno extravía cualquier otro objeto, como el reloj, por poner un ejemplo, y después de flagelarse de palabra –o incluso de obra en el caso de masoquistas- juramentar en arameo y agotar su particular listado de imprecaciones, tacos y palabras mal sonantes, va al relojero, se compra otro y santas pascuas. Si pierde usted el móvil, además, puede encontrarse con la ingrata sorpresa de que, a menos que la persona que lo encuentre sea un alma caritativa –especie en extinción, como podrá comprobar abriendo cualquier periódico por cualquiera de sus páginas- le cargarán a su próxima factura telefónica diecisiete conferencias a Tánger (o, con mucha suerte, a Motilla del Palancar) porque resulta que cuando usted se da cuenta que ha perdido el móvil y lo denuncia ante su compañía, el que lo ha encontrado ya ha practicado reiteradamente lo de “Hola, soy Edu, feliz Navidad” con los todos árboles genealógicos de todos y cada uno de los miembros de su numerosa cuadrilla. Y releyendo este párrafo, cae un servidor en la cuenta de que la referencia a Tánger puede ser considerada de tinte racista, al poder llegar a causar la sensación de que quien les escribe asocia un hecho reprobable a un colectivo étnico concreto, es por lo que les pido que, si son tan amables, olviden dicho topónimo y la preciosa ciudad mediterránea a la que nombra, y lo sustituyan por cualquier otro lugar patrio, todo ello en aras de lo políticamente correcto y ante la clara evidencia de que, cuando nos hace una faena uno del país, uno puede ponerlo como un trapo con mayor desahogo y sin temor alguno a que lo tilden de xenófobo, que no en vano he de reconocer que en el caso de las dos pérdidas de móviles sufridas por quien les escribe, las consecuentes e inevitables llamadas fraudulentas de quien lo halló fueron hechas a teléfonos de la península, lo cual permitió a un servidor poner a parir al chorizo (e hijo de mala madre) sin freno alguno, desahogo que les recomiendo en casos similares por ser altamente beneficioso para la prevención de futuras úlceras de estómago.

Otro inconveniente de los móviles es que los que usamos el fijo quedamos siempre en segundo plano en el preciso momento en el que un celular entra en escena. A todos nos ha pasado –y si a usted aún no, no se confíe, es sólo cuestión de tiempo- que al estar hablando por teléfono con un amigo, éste le interrumpe y le dice.

- Perdona. Un momento, que me llaman al móvil.

Y a usted le dan ganas de decirle:

- ¡Eh! Que yo también te estoy llamando, y, además, yo te llamé primero.

Pues da igual, irremediablemente le dejarán tirado como a una colilla para atender al otro que llama por el móvil que –visto lo visto- tiene mayor categoría; aunque siempre nos quedará el rencoroso recurso de apuntarnos el agravio y, cuando nuestro amigo nos pida un favor, soltarle:

-Que te preste los 100 euros tu amigo el del móvil, so desleal.

¿Y qué me dicen ustedes de lo inoportunos que resultan esos chismes? Al que más y al que menos le ha sonado cuando intenta pasar sigilosamente tras ese vecino pesado que cada vez que lo ve le pone la cabeza como un bombo explicándole que algo hay que hacer con la nueva vecina de la 7 A, que tiene la acera invadida con la hiedra, o –muchísimo peor- en una boda, empezando a sonar justo cuando el cura acaba de decir lo de “que lo diga ahora o que calle para siempre”, cosa que provoca que todo el mundo se gire con cara de pasmo -el gracioso de turno ya ha soltado por lo bajini lo de “será la otra, ya verás”- y a los novios les empiezan a caer enormes goterones de sudor de la frente y del alma.

O estar en la playa relajado en la tumbona, con la novela, el Marca o el Lecturas, y le llaman del trabajo comunicándole que a Peláez le ha dado un ataque de piedra al riñón y que usted ha de sustituirlo irremediablemente esa misma tarde. Diez años atrás a Peláez se le podría incluso haber perforado el apéndice vermiforme, o haberle pasado por encima un mercancías y usted seguiría tan ricamente en su tumbona, sólo interrumpiendo su relax supratumbonal para ir al chiringuito a por cervecitas y pescaíto frito. ¿Es esto el progreso?

Y podría seguir enumerando una larga sarta de inconvenientes y de despropósitos que suelen ocasionarnos los móviles, pero me van a disculpar ustedes porque el puñetero móvil –que para más INRI olvidé en el piso de abajo- no para de sonar y sonar. Sólo faltaría que a Peláez le hubiese dado algo y se me fastidie, otra vez, el fin de semana. Ya les contaré…

jueves, 12 de junio de 2008

Piquetes "Informativos". O te paras o te paro

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en junio de 2008

Al grito de “O te paras o te paro” detuvieron a la fuerza un grupo de camioneros a un chaval que circulaba en una furgoneta por la salida de un polígono industrial. De nada le sirvió al pobre explicarles a los del piquete “informativo” que aquello no era un vehículo de transporte, sino el medio para trasladar las herramientas con las estaba montando una máquina en una empresa sita en aquel polígono, y que no trataba más que volver al almacén donde proveerse de nuevas piezas que necesitaba. “Pues te vas en taxi, porque la furgona se queda aquí”, fue la respuesta de un energúmeno rechoncho y sin afeitar que, con un peto reflectante, hacía las veces de comandante de aquella revolución. Una llamada del chaval a su jefe y de éste a la policía, permitieron rescatar al montador y a la furgoneta, mientras el comandante insistía a los policías que allí sólo se informaba a los camioneros del sentido y necesidad del paro, pero que en ningún momento se coaccionaba a nadie, y que el montador era un vago redomado que había aprovechado que el Pisuerga pasaba por Valladolid para tirarse dos horas haciendo el gandul. ¡Encima! Tan convincente resultó el tono del camionero que incluso el jefe del montador hubiese dudado de la historia de su empleado si no fuera porque a otra furgoneta de la empresa, en el mismo polígono y en similares circunstancias, otro camionero cabreado -si no el mismo- le había reventado dos ruedas, un par de horas antes, merced a un certero golpe de punzón en el flanco del neumático, donde éste no puede ser reparado. Un verdadero trabajo de profesional, como el que casi ha achicharrado a otro camionero que dormía en su tractora y a la que prendieron fuego otros “compañeros” al más puro estilo mafioso. Y si es así, con estos gestos, como pretenden esos señores que el resto de la población les apoyemos, no sabe un servidor lo que opinarán mis queridos reincidentes, pero en el caso de quien les escribe, lo llevan de un claro que te rilas. Porque a cualquiera que se considere demócrata le ha de parecer bien a la fuerza que todo colectivo pueda ejercer su derecho al paro o a la huelga, pero no es de recibo que ésta se haga a lo bestia, sin acordar servicios mínimos y obligando a participar de ella no sólo a los que no les apetezca, sino incluso a los que no pertenecen a su sector. Parece ser que el colectivo convocante de las movilizaciones no alcanza ni el veinte por ciento de los camiones matriculados en nuestro país, y, sin embargo, lo están llevando casi al caos con sus métodos mafiosos. Es de suponer que entre esos bestias que se colocan los petos para “informar”, habrá gente honrada que ejerce su derecho a la huelga y a informar a sus compañeros con todas las de la ley. A esos, mis respetos y mi más sincera solidaridad, pero que tengan en cuenta que parecen ser minoría en un grupo que está extorsionando a muchos que tienen tanto derecho a trabajar como ellos a hacer el paro. Y es que lo que uno echa de menos en estas situaciones, es decir, en aquellas en las que no se cumpla la ley y se conculquen los derechos de terceros, es mucha más contundencia por parte de las autoridades ante los gamberros que se camuflan de trabajadores. Que pruebe cualquiera de mis queridos reincidentes a dejar su vehículo cruzado en la carretera bloqueándola cuando quiera protestar por la escalada en el precio de los combustibles –o en el de las compresas con alas- y verá el paquete que le cae y la de puntos que le vuelan. Porque si se permite actuar con impunidad a los que, saltándose a la torera los derechos del resto, coaccionan a los que no quieren pasar por el tubo –como no quieren la mayoría de asalariados que conducen camiones por cuenta ajena- mañana, serán los tractoristas, pasado los chóferes de autobús y el otro, los fabricantes de sacapuntas los que se verán con derecho a obligar a parar en el arcén, con el pretendido fin de luchar por sus derechos, a cualquier vehículo que circule sobre ruedas. Un servidor, que llenaba no hace mucho el depósito de su coche con 50 euros y ahora no lo hace ni con 75, necesita el vehículo a diario para desplazarse al trabajo por no haber combinación en transporte público que coincida con sus horarios, y le fastidia tanto como al que más que el gasóleo lleve camino de ser ya mismo más caro que el Rioja Gran Reserva, y, pese a no tener la posibilidad de repercutir el incremento del combustible en nadie, ni de deducirse el IVA como sí lo tienen los chóferes que son propietarios de sus camiones, no anda por ahí coaccionando a nadie, bloqueando carreteras, pinchando neumáticos ni desvalijando y quemando camiones. Esos cuatro energúmenos, a cuyo peto sólo le falta llevar inscrito lo de “gamberro en lucha”, han dado al traste con aquella imagen romántica del entrañable camionero del siglo pasado, que daba paso –qué tiempos aquellos- con el intermitente derecho, y al que incluso las folclóricas le cantaban por su solidaridad en la carretera y su presteza a ayudar al automovilista en apuros. Como no pongan remedio –ellos o las autoridades- y se empeñen en su actitud de pasarse las leyes por los cojinetes, a este paso cruzarse con un camionero por la carretera va a dar más yuyu que toparse de morros con el fantasma de la chica ésa de la curva en el día lluvioso de la leyenda urbana, bastante más inofensiva –dicho sea de paso- que esos cenutrios con peto a los que ojalá alguien meta en vereda de una puñetera vez. Ya sean camioneros o fabricantes de sacapuntas.

jueves, 5 de junio de 2008

Machistas peinagatos

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en junio de 2008
Qui no té feina gats pentina, que decimos en mi tierra, y que, traducido al castellano, significa que quien no tiene trabajo, peina gatos. Peinar gatos es una ardua tarea en la que se necesita, saña, tesón, paciencia, un gato y un peine; y, desde luego, algo de tiempo y nada mejor que hacer, que parece ser ésta la situación de la gente del GEES.

El GEES – me aguanto las ganas de hacer una broma fácil con las siglas- o lo que es lo mismo, el Grupo de Estudios Estratégicos -que como sabrán mis queridos reincidentes es un colectivo vinculado a la FAES de Aznar- es un grupo que se autodefine como una asociación sin ánimo de lucro dedicada al estudio y análisis de la seguridad internacional y de la defensa. El GEES –según reza en su sitio web- fue creado en 1987 con el objetivo de aunar y potenciar el trabajo de un grupo de profesionales dedicados a los estudios estratégicos. Forman parte del GEES personas provenientes del mundo académico, del militar, de la empresa privada y de profesiones liberales.

Y debe ser que la seguridad internacional, especialmente cuando se aborda desde el ámbito privado, no da mucho trabajo que digamos, cuando a lo que se vienen dedicando últimamente es a verter comentarios machistas sobre la Ministra de Defensa. Por si alguno de mis queridos reincidentes desconoce el significado de la palabra machismo, nuestro siempre socorrido diccionario nos define el vocablo como “Actitud de prepotencia de los varones respecto a las mujeres”.

“Si todo el aparato de las fuerzas armadas puede ser llevado a tiempo parcial por otro ministro, sin que por ello se resienta nuestra seguridad nacional, ¿Por qué no ahorrarnos su sueldo y el de todos los componentes de su gabinete?” Es la pregunta que se hacen desde el GEES refiriéndose al permiso por maternidad al que tiene derecho la ministra Chacón.

Se jugaría un servidor mil duros –del siglo pasado, como el ideario del GEES- con cualquiera de sus queridos reincidentes, a que si el titular del Ministerio de Defensa fuese un señor y éste, por cualquier circunstancia médica debiera de ausentarse dos meses de su cargo –la Ministra sólo disfrutará de la mitad de la baja por maternidad por decisión propia- el GEES se planteara siquiera la posibilidad de prescindir de ese ministerio. Conclusión: Si hay algo que les joda más a los del GEES que una señora al mando de Defensa, es que esa señora haya paseado su tripita ante la tropa y haya puesto firmes a sus oficiales y jefes. Aquí y -con un par- en Afganistán. Y eso a un machista le duele…

Les ha fastidiado a los del GEES que la Ministra se haya declarado pacifista, considerando ellos un contrasentido que sea un -o una, mucho peor- pacifista quien dirija políticamente al estamento militar, ironizando sobre que, a este paso, el Ministerio de Defensa podría pasar a llamarse Ministerio de la Paz. ¿Y por qué no? ¿Qué tiene de malo el pacifismo? Diccionario de nuevo: Pacifismo: “Conjunto de doctrinas encaminadas a mantener la paz entre las naciones”. ¿O es que los militares están exclusivamente para darle matarile al enemigo? ¿Qué pasa cuando no hay enemigo declarado?

Huelgan comentarios. Si por el hecho de ser mujer se cuestiona la valía de un Ministro y se considera una patochada entender la paz como un valor esencial, ellos solos se retratan. Y salen muy feos en la foto. Quizás debieran peinarse bien ellos, en vez de tanto peinar gatos.

jueves, 29 de mayo de 2008

Contra la subida de los carburantes.

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en Mayo de 2008


Un servidor, que suele huir como del diablo de las cadenas de mensajes propagadas por Internet, acaba de enviar a su numerosa lista de contactos un mensaje en cadena, eso sí, teniendo la debida precaución de incluir a los destinatarios en el apartado CCO (copia oculta) de su programa de correo, a fin de que queden ocultos a los ojos de Spammers, o recolectores de direcciones electrónicas a las que enviar luego correo basura, precaución -ocultar a los destinatarios- que siempre debiera observarse cuando se reenvía un mensaje en cadena.

¿El motivo? No sé si noble, pero sin duda práctico. Intentar que la acción de protesta ante la espectacular subida del precio de los carburantes no se quede en el siempre socorrido –aunque inútil- derecho al pataleo, habitualmente acompañado de una reiterada sarta de juramentos en arameo –sánscrito en el caso de los más intelectuales- y una no menos extensa lista de imprecaciones y palabras malsonantes cada vez que acudimos al surtidor. Si tienen interés por la idea, les ruego a mis queridos reincidentes que sigan leyendo.

Hará cosa de unos meses, se empezó a distribuir por Internet un mensaje en cadena que proponía una fecha concreta en la que nadie debería repostar combustible. Aquel día señalado debía servir como medida de presión y toque de atención a las compañías petroleras. El correo electrónico presentaba una serie de cifras que ponían de manifiesto que un solo día de abstinencia gasolinera reportaría pérdidas significativas a las compañías. Un servidor, que además de ser de letras sólo entiende de economía lo justo para llegar -y no sin ciertos equilibrios- a fin de mes, le pareció aquella campaña una enorme chorrada, pues qué más les dará a las compañías que pospongamos desde el jueves hasta el viernes nuestro paso por taquilla si finalmente acabamos pasando, pero ésta que a continuación les comento, sí tiene visos de éxito –al menos en teoría- siempre y cuando seamos capaces de organizarnos. Las cifras manejadas en ese e-mail expresan que, reenviándolo a todos nuestros contactos, puede llegar a trescientos millones de destinatarios en sólo ocho días. Les cuento.

Quienes quiera que hayan diseñado la campaña han elegido dos empresas en las que proponen que no se reposte combustible jamás de los jamases bajo ningún concepto. Éstas son la inglesa BP y la norteamericana Shell. No me pregunten que por qué ésas y no otras porqué no tengo ni puñetera idea, pero el quid de la cuestión reside, precisamente, en que todo quisque se concentre en hacerles el vacío exactamente a las mismas empresas, si no, no funciona.

Evidentemente, si nadie reposta en esas gasolineras, éstas tendrán que reaccionar bajando precios o tendrán que meter la gasolina en lavativas hipoalérgicas y con ellas hacer lo que ustedes se imaginan. El día que el señor BP y el señor Shell se avengan a razones, quizás podamos plantearnos volver a su redil y decirle al señor Repsol y al señor CAMPSA que, o va bajando precios más que don BP, o que ya le puede ir comprando a éste sus lavativas usadas.

Estarán conmigo en que es un planteamiento un tanto ingenuo y que su aplicación es tan utópica como la bondad innata del ser humano, pero algo habrá que hacer cuando otra vez somos, exclusivamente, los sufridos consumidores los que hemos de sostener, a base de rascarnos aún más el bolsillo, la codicia sin freno de los productores y distribuidores de crudo y la anuencia –no exenta de responsabilidad en muchos casos- de nuestros adorados políticos.

Si a todos nos parece de recibo que la crisis energética la hemos de padecer exclusivamente los consumidores, no hay nada que hacer. Pero habrá quién piense que no es descabellado exigir a las empresas que ellos también contribuyan con su granito de arena y que, en tanto no escampe el temporal, reduzcan, ni que sea una pizca, sus espectaculares ganancias y que los gobiernos revisen la fiscalidad de los combustibles para que no seamos sólo los ciudadanos de a pie –cualquiera saca el coche- los encargados de soportar esta disparatada escalada de precios.

Y si en un acceso de vanidad le pasa por la cabeza a quien les escribe que quizás el señor BP o don Shell bien pudieran ser uno de sus queridos reincidentes, sólo decirles que no hay nada personal en este artículo, que un servidor no es más que el mensajero que, por suerte, tiene derecho a repostar su vehículo en el surtidor que le dé la gana, y que el día en el que sus precios sean mejores que los de los demás, quien les escribe estará encantado de utilizar de nuevo sus servicios. Mientras eso no suceda, miren bien la foto que ven en el ángulo superior derecho de esta página, porque ya me han visto bastante en sus gasolineras. Por mucho que esta iniciativa quede en nada -que duda mucho un servidor que esta pataleta sobreviva a valores tan sagrados como la comodidad y el desánimo de creer que uno sólo es uno y no parte de todos, y por mucho que todos sí podríamos- esta campaña sí ha servido a este columnista para aburrirles a ustedes durante unos minutos sin haberse estrujado excesivamente los sesos. Mil disculpas a mis queridísimos y comprensivos reincidentes, especialmente a don BP y al señor Shell. Aunque tampoco sería de extrañar que BP y Shell aprovecharan para vender bajo cuerda sus gasolina a la competencia en plan compadreo total, mientras que don CAMPSA y don Repsol se frotan las manos y se van de copas con BP y Shell para celebrarlo.

En tal caso, un servidor se va a plantear hacer lo que Miguel Angel Rodríguez “El Sevilla” en una de sus canciones:

Tengo un coche que es mi ruina.
No como carne desde que lo tengo, to pa gasolina.
Como un día me pique
y es que me compro una mountain bike.

Nuestra maltrecha capa de ozono merece muchísimo más nuestros esfuerzos -pedalear es duro- que las compañías petrolíferas. Y seguro que nos lo agradece infinitamente más.

jueves, 22 de mayo de 2008

Donde dije digo

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en mayo de 2008


Como bien sabrán mis queridos reincidentes con cierta veteranía en estas páginas, un servidor, de forma reiterada e insistente, ha puesto como un trapo a los teleoperadores de los servicios de atención telefónica en general, y, especialmente, a todos aquellos que, a través de la línea telefónica, se cuelan en nuestra intimidad y en nuestras siestas, para vendernos por teléfono un ingenioso aparato que limpia alfombras, un seguro de vida, una tarjeta de crédito o para ofrecernos cambiar -día sí, día también- de compañía telefónica.

Desde estas mismas páginas les he contado con detalle cómo desde Telefónica, Ya punto Com, Santander Central Hispano, Orange y algunas otras compañías han dinamitado persistentemente ese derecho del que debiera disfrutar todo ciudadano tras su jornada de trabajo, especialmente cuando ésta viene precedida por un obligado madrugón de agárrate y no te menees: el derecho a una siesta digna, derecho que un servidor no se cansará de exigir que sea incluido en el Título Primero, Capítulo Primero, de nuestra Constitución, justo al ladito de aquéllos considerados fundamentales.

También desde este mismo periódico, en su artículo de la edición 226, este columnista les sugería una serie de estrategias para sacudirse educadamente ese tipo de comunicaciones telefónicas no deseadas, consistentes, algunas veces, en darles de su propia medicina a los teleoperadores, artículo por el cual recibí diversas felicitaciones de amigos que, tras adoptar aquellas técnicas como propias, habían comprobado por ellos mismos su eficacia. Así, ante tanta persecución telefónica, no es de extrañar que cada vez que suena el teléfono según a qué horas, el que más y el que menos le lance una mirada de reojo y, con el ceño fruncido, respire hondo, se arremangue y se diga “allá que voy”, como aquel que va a entrar en combate. Al menos, ése era el proceder de quien les escribe hasta esta misma tarde. Les cuento.

Momento de sopor: despanzurrado en el sofá. De fondo se escuchan voces, ya casi imperceptibles, en la tele; en ese dulce instante en el que se pierde la noción del tiempo y la voluntad de seguir escuchando al locutor del documental describiendo los ritos de apareamiento del pájaro carpintero de pico blanco de Arkansas, especie que, según parece, se creía extinta. Timbrazo telefónico que hace salir volando al pájaro carpintero macho, que desequilibra a la hembra haciéndola caer de la rama donde se daban a la lujuria, y que despierta al que suscribe sobresaltado. Inspiración profunda, mangas arriba y paso decidido hasta el teléfono, dispuesto, como casi cada tarde, a comunicarle a la pesada de turno – a esas horas suelen ser de Orange-, que soy el amo de llaves del señor Martínez, que no tengo capacidad legal para contratar servicios en su nombre, y el que señor se encuentra disfrutando de sus merecidísimas vacaciones en la Patagonia, junto a un selecto elenco de columnistas de renombre y alguna modelo internacional ligera de cascos, en un viaje que se prolongará por un tiempo indeterminado pero en ningún caso inferior a tres semanas, y que si su llamada se debe a un asunto urgente pueden llamar al Departamento de Prensa la Embajada de Buenos Aires donde, tras las inevitables comprobaciones de rigor, le recogerán atentamente cuantos encargos deseen darle.


- ¿Sí?
- Buenos días –voz de señorita a la que se le nota que no está hablando en su idioma materno.
- Buenas (desenvainando el machete) ¿Qué desea?
- Verá, estamos haciendo una encuesta para el Ayuntamiento para conocer el grado de satisfacción de los ciudadanos.

Tras dos segundos de descoloque, un servidor recuerda la conversación mantenida días atrás con una amiga en la que ambos se dedicaron a poner de vuelta y media la política de obras del municipio, así como de los numerosos quebraderos de cabeza padecidos por los vecinos de este queso de Gruyere, otrora ciudad tranquila y apacible, a causa de una planificación de las obras públicas concéntrica y coincidente tanto en el espacio como en el tiempo, por no hablar de la nefasta, por inexistente, política informativa respecto a las obras. “Ésta es la mía. Me van a oír”, se dice un servidor, y se presta de mil amores a valorar del 0 al 10 –entendiendo que cero es muy deficiente y 10 es sobresaliente, como diligentemente me explica la voz en todas y cada una de las preguntas- los servicios e iniciativas del Ayuntamiento.

Pocos ceros después, a un servidor le cuesta Dios y ayuda entender a la encuestadora. Cada vez que le ruego que repita alguna pregunta se la oye encallarse y sufrir en un idioma que no es el suyo, de manera que llega un momento en el que cuando no entiendo lo que se me pregunta, e intentando ahorrarle a la pobre operadora el mal rato, contesto con un: “A eso que me preguntas… A ver… Sí, ponles un cinco”. Más que nada por no cometer la injusticia de suspender alguno de los servicios que sí funcionan, aunque muy probablemente cometiéndola al darles el aprobado otros que no van ni a empujones en las numerosas contestaciones a preguntas no comprendidas, que a la pobre mujer se le entendía una sí y dos no.

Aunque mis queridos reincidentes no se lo crean, un servidor, siempre irónico y un pelín borde con las teleoperadoras, ha invertido hoy veinte minutos de lo que debiera haber sido su siesta, respondiéndole muchos cincos a una señorita a la que imaginaba agobiada y ruborizada, pronunciando con esfuerzo cada frase, y cruzando los dedos para que el encuestado –este menda- no le pidiese nuevamente que repitiese la pregunta. Total, que resultaba difícil no empatizar con esa teleoperadora.

Cuando finaliza la encuesta –ya les digo, más de veinte minutos- me dice, mucho más suelta, imagino que porqué ya había acabado el suplicio de tener que leer larguísimas preguntas, que me agradece muchísimo mi tiempo, que lleva liada desde las tres de la tarde y que es la primera encuesta que completa, que la mayoría le han colgado el teléfono nada más oírla, que varios la han insultado, que uno le ha dicho que se fuera a su país, y que otros cuantos le han colgado el teléfono a los dos minutos de empezar sin completar todas las preguntas, que ella cobra por encuesta finalizada, y que a este paso la empresa la va a echar a la calle.

- Pues no seas tonta, y las que te han dejado a medias te las inventas.
- No puedo hacer eso, señor. Me despedirían si me descubrieran.
- Pues nada, que tengas suerte. Si te ves apurada vuelves a llamar y hacemos otra.
- Muchas gracias, señor.

No volvió a llamar.

Y es en este punto cuando un servidor se arrepiente de no haberle largado el rollo de que el señor Martínez está en la Patagonia y ni se sabe cuando volverá, se hubiese ahorrado el fastidio consistente en constatar, una vez más, lo siguiente:

Que muchas son las empresas que contratan a personal para cometidos para los que no están formados y que allí se las apañen éstos como puedan con el cliente y, encima, tienen las santas narices de exigirles resultados.

Que, obviamente, a estas empresas les importa un pito la calidad del servicio que ofrecen al cliente, pues ya se imaginarán ustedes el rigor de esta encuesta que, eso sí, el Ayuntamiento pagará religiosamente como si hubiese sido recogida por sociólogos.

Que hay mucho impresentable que ni siquiera se molesta en ser ingenioso para sacudirse de encima encuestas telefónicas, sino que insultan directamente a las operadoras que, en el fondo, no son más que unas asalariadas que cobran una miseria trabajando para compañías que luego pagan millones de euros a sus ejecutivos.

Y – con ésta acabo- que un servidor, se propone hacer regresar inmediatamente al señor Martínez de la Patagonia para que atienda correcta y amablemente a todos los teleoperadores, llamen de donde llamen, por mucho que las empresas que les pagan no lo merezcan.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Ésos no son policías

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en Mayo de 2008


Me contaba un amigo policía que, tras más de veinte años de servicio, había sufrido varias agresiones, muchísimos insultos, infinidad de desprecios pero sólo dos abrazos. Uno, de una niña de 13 años cuando fue rescatada del indigente que la tenía retenida en una casa abandonada, y el otro, de una mujer a la que asistió de parto, en un portal, tirando del bebé, cortando el cordón umbilical con una navaja y atándolo luego con el cordón de sus propios zapatos. Me relataba este amigo que esos dos abrazos, por ser tan poco habituales, le pesaban infinitamente más en la balanza de su haber profesional que todas las inconveniencias que había padecido a lo largo de su carrera.

Y es que ésa es la obligación de un policía, servir a su comunidad incluso cuando para ello tenga que sacarse trucos mágicos de la chistera o poner en riesgo su integridad física. Cuando se dan circunstancias análogas a las que les narraba en el párrafo anterior, algunas veces –pocas- el policía obtiene su reconocimiento, sea con un abrazo, sea con una medalla, pero pocos policías, por no decir ninguno, ven reconocido su día a día consistente en intentar que los ciudadanos nos llevemos bien los unos con los otros, que es lo que en definitiva hacemos –llevarnos bien- cuando cumplimos las normas. Un esfuerzo que se realiza a diario por miles y miles de policías de todos los cuerpos, y que se va al traste, de sopetón, cuando algún delincuente se cuela en este colectivo y organiza la que han organizado esos personajes en Coslada.


Resulta evidente que la policía ha experimentado una transformación importante en los últimos tiempos y que entre sus miembros, sea cual sea el cuerpo, encontramos no ya desertores del arado –como se les solía denominar comúnmente hará tres o cuatro décadas- sino gente formada entre la que no es difícil encontrar universitarios, que, por una u otra razón, ingresan en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad Pública y, una vez allí, descubren una profesión que puede llegar a ser fascinante, en la que se tiene la privilegiada oportunidad de colaborar, cada cual con su particular granito de arena, en la importante misión de conseguir una sociedad cada vez más justa.

Por eso, ante casos como el de Coslada y su puñado de agentes detenidos, a cualquiera que tenga algún tipo de relación con el mundo policial, sea por pertenecer a dicho mundo, por relacionarse con él profesionalmente, o por disponer en cualquier cuerpo de policía de un hermano, hijo o amigo, por fuerza se le han de revolver las tripas ante tamaño despropósito, y necesariamente deseará que a todos esos que se vestían de policías - obviamente, a los que la justicia encuentre culpables- paguen hasta el último segundo de su condena no ya sólo por los delitos que hayan cometido, sino por la traición con la que han respondido a la ciudadanía que les paga y por la injusticia a la que someten a cientos de miles de agentes honestos que cada día se ponen su uniforme para intentar que el resto de ciudadanos disfrutemos de nuestros derechos y recordemos nuestras obligaciones, que no es tarea fácil ni grata.

Dicho esto, cabría preguntarse qué mecanismos han fallado no sólo para que se haya llegado a producir esta situación, sino para que haya podido mantenerse latente –que no oculta- durante tantísimos años. Cómo puede un sujeto mantenerse durante más de 20 años al frente de un cuerpo de policía cuando, según parece, durante todo ese tiempo no han cesado de aparecer datos, indicios, e incluso denuncias que lo implicaban en los más turbios asuntos. Cómo se explica que la investigación que la Guardia Civil llevó a cabo sobre ese asunto hace más de ocho años –lo revela ahora el oficial encargado de la misma- muriese en el despacho del Delegado del Gobierno, cuando, casualmente, por aquellos entonces Gobierno central, autonómico y Ayuntamiento eran del mismo color político. Cómo se entiende que hayan pasado varias Corporaciones municipales y que ninguna tuviese los arrestos de enfrentarse y desenmascarar a este personaje.

No tengo respuesta a ninguna de esas preguntas, salvo que sean ciertas las afirmaciones recogidas en un semanario según las cuales el tal Sheriff de Coslada se jactaba de “tenerlos a todos cogidos por los cojones”, habiéndose ya aventurado algún periodista a afirmar que ese “señor” disponía de grabaciones comprometidas de ésos a los que tenía agarrados por salva sea la parte. Si esto fuera así, cabría preguntarse además por la honestidad de los que se dejan agarrar de tal apéndice, siendo éstos –como son- los responsables de dirigir políticamente al agarrador, porque es claro que si los agarró de ahí, es porque tuvieron la asidera al aire.

Muchos de los que se vestían de policías –a los que me niego a llamar policías- confiesan ahora que se vieron arrastrados por su jefe a cometer mil y unas tropelías, que los “motivaba” con el consabido “o estás conmigo o estás contra mí”. Pero es evidente la conclusión de que ese espécimen, por sí solo, sin ayuda de mano de obra fiel y adicta, no hubiera podido extender su maraña delictiva de la forma que lo ha hecho. Si se acaba confirmando la existencia de vídeos grabados por los propios imputados en los que éstos propinaban palizas a indigentes, vejaban a prostitutas y destrozaban mobiliario urbano, ya pueden ir echándole la culpa al jefe, ya…

Habrá que preguntarse qué mecanismos y qué criterios de selección y de formación sigue la Comunidad de Madrid –recordemos que las Comunidades Autónomas son las que tienen la competencia en la coordinación, formación y requisitos de acceso para los cuerpos de Policia Local- para proveer de policías locales a sus municipios. Y, si éstos fueran los correctos, cabría preguntarse qué ha fallado para que se les cuelen esos gamberros en la Policía. Desde luego no es en los gimnasios donde deben reclutarse los aspirantes a policías, sino en los institutos y las universidades. Eso, y hacer atractiva la profesión de policía para la ciudadanía, a buen seguro nos garantizaría mejores resultados de selección y de formación.

Quienes peor lo tienen que estar pasando en estos momentos -dejando al margen a los que se lo tengan merecido- son los policías honrados, que los hay y son mayoría; especialmente los policías honestos que queden en Coslada y que a partir de ahora tendrán que hacer el esfuerzo de entender que sus conciudadanos desconfíen de su uniforme y demostrar que son distintos a esos que, pese a vestir uniforme, jamás fueron policías. A los que sí lo son, a todos esos policías honestos que sienten repugnancia ante este tipo de situaciones, quisiera desearles, desde esta humilde tribuna, que llegue pronto el día en que ellos, incluso en Coslada, puedan recibir un abrazo de un ciudadano agradecido como el que describí al principio de este artículo. Puedo garantizar a mis queridos reincidentes que esos abrazos sientan infinitamente mejor que cualquier medalla.