viernes, 4 de junio de 2010

Mujeres Ricas

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en Junio de 2010

.

.

Visto lo visto, uno puede sentirse afortunado del hecho de ver poco la tele. No existen en este columnista razones metafísicas, ni siquiera ideológicas que le lleven a tal circunstancia. Sencillamente, uno tiene la suerte de haberse topado con otras actividades que rellenan el poco tiempo de ocio que la jornada diaria deja libre a un servidor de ustedes.

Y digo lo de visto lo visto, habida cuenta de la facilidad con la que un servidor se engancha a programas insustanciales, frívolos, carentes de toda utilidad y de nulo contenido intelectual, aunque no exentos de un enorme interés sociológico, y/o antropológico, pues el programa que comparte título con esta columna, sí da para cientos de ensayos de unas pocas disciplinas, incluida la psiquiatría.

Este programa de La Sexta nos muestra la vida de cinco mujeres millonarias y nos narra cómo afrontan los innumerables problemas de los que –gracias a Dios- los pobres nos hallamos exentos, como la trascendente decisión de elegir el color de nuestro uniforme de jugar al pádel o la sesuda elección de si es mejor regalarle a la niña un Cartier de ocho mil euros o una joya bonita para el día de su graduación.

Uno asiste a ese programa como lo haría a una película pornográfica: contemplando con escepticismo imágenes, escenas y tamaños inverosímiles, boquiabierto y preguntándose si ese tipo de cosas existen o son sólo fruto de la calenturienta mente de algún guionista salido.

No sabría decirles cuál de esas mujeres es mi preferida: Si la esposa de una vieja gloria futbolística que presume de ser –sólo llegado el caso, no se alteren- la más puta de todas las putas, si la hija de ésta, cuya actividad más sesuda consiste en hacerse las “uñas, o sea“, o bien las dos hermanas garrulas venidas a más a bordo de un Porsche y un Ferrari respectivamente (respestivamente, con “ese”, que dirían ellas) , o quizás la guapita de cara que le pide a su maridito –un mártir, créanme- que le compre un vestidito caro y un Miró mientras sufre un enorme -textual- “cambio emocional” cuando llega el relevo de la ropa de verano a la de invierno en sus armarios y vestidores; o quizás la dueña de una discoteca marbellí, que organiza fiestas de la pamela en su jardín y que convive bajo el mismo techo y en dulce armonía con su marido actual y el anterior.

La más puta de todas las putas –insisto, sólo en determinadas circunstancias- presume de hijos. El primero, cuando es presentado ante las cámaras, lanza un sonoro y ostentoso escupitajo antes de narrar sus proyectos de futuro: beberse un Gatorade. La niña, la de las “uñas o sea” no sabe no contesta nada, porque no sabe -ni supo, ni sabrá- aunque, eso sí, sus uñas son perfectísimas de la muerte. Les confieso que el tercero de los retoños me dio pena, porque se veía muy normal. Pobrecillo… Está rodeado.

Las hermanas Porsche-Ferrari juegan al pádel con sus pija-amigas fashion de la muerte (la mujer de uno de los gemelos Matamoros y la ex de Guti) y se llaman entre ellas para saber de qué color van a ponerse las mallas, no vaya a ser que unas vayan de azul y las otras de verde y formen en la cancha una configuración cromática poco acorde con su condición. Van a recoger a la niña a cole y se la llevan de compras sin hacer demasiado caso a las quejas de ésta, que afirma tener un examen al día siguiente. Una de las hermanas pone cara de no entender, como preguntándose que para qué tanto estudiar, que basta pillar un millonario que te haga un crío del que luego divorciarse para que siga pagando el Ferrari, el pádel y las juergas.

La guapita de cara brinda con Moet-Chandon y cita la marca varias veces (para que nos enteremos bien que ella está a salvo de vulgar cava) y le encanta navegar en el yate de su marido, y no comprende que el mártir le explique que en estos momentos de crisis es mejor invertir en conservar la empresa que en comprarle un cuadro de trescientos mil euros. Una verdadera lástima, porque la guapita afirmaba haberse leído la “trayectoria” de Miró. “Lo que pasa es que te molesta gastar en dos cosas para mí”. Lo dicho… un mártir.

La que comparte casa con sus dos maridos (el actual y el ex) narra como una odisea una caminata, según ella larguísima, sin poder llamar a un taxi y remata la experiencia con un lapidario “caminar o morir”, mientras uno de sus nietos, de tres o cuatro añitos, corretea por delante de las cámaras armando barullo y responde al reproche de la abuela con un “Yo hago lo que me da la gana”. Normal. Otro “Ni-Ni” en potencia. Eso sí… forrado de billetes.

Un programa, la verdad, acertadísimo para tiempos de crisis y que les recomiendo encarecidamente. Pura pornografía para todos los públicos y que , tal y como está el patio, uno casi prefiere divertirse contemplando en esos nuevos ricos su analfabetismo, su vanidad y su soberbia, antes de enterarse por los telediarios que los jugadores de la selección tienen pactada una prima de seiscientos mil euros (cien millones de los de antes) si ganan el mundial; o que doña Espe se gastó 1.4 millones de euros en poner la primera y la última piedra de una ciudad fantasma –que tampoco es tan caro si resulta que también pagó siete mil euros por el alquiler de una ambulancia (imagino que conducida por George Clooney ejerciendo de médico de la serie Urgencias, a tenor del pedazo de minuta); o que sólo la seguridad de la quedada del Club Bilderberg en Sitges nos está costando a los ciudadanos otros seiscientos mil euros; o que el alcalde de Sevilla hizo enviar desde la capital hispalense un coche oficial (con su conductor y escoltas) hasta Barcelona para llevarle a ver el fútbol; o que la Xunta de Galicia ha pagado catorce mil euros (casi dos millones y medio de los de antes) por tres billetes de avión a Shangai (imagino que el piloto también sería George Clooney, pero esta vez de Up in the air); o que el Real Madrid se puede permitir el lujo de gastarse todo el oro del mundo en fichajes mientras su deuda con la Seguridad Social ascendía, ya en 2009, a 572,78 millones de euros.

Ya pagarán el dispendio los funcionarios y los pensionistas si eso….

jueves, 6 de mayo de 2010

Al borde de la paranoia

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en mayo de 2010
.
.
No he conseguido recordar el título de aquella obra de teatro representada en TVE hará más de 30 años, pero esta mañana me ha venido a la cabeza. El protagonista era un pobre al que le pasaba todo tipo de desgracias, una tras otra. Los problemas le acometían sin pausa y sin tregua y él defendía que se trataba de una conspiración mundial contra él, en la que administraciones públicas, empresas de servicios, vecinos y amigos se habían confabulado para amargarle la vida. Acababa la obra con el protagonista embutido en una camisa de fuerza y llevado en volandas por dos loqueros instantes antes de que apareciera en pantalla una especie de consejo de administración, compuesto por individuos trajeados y poderosos que, dando carpetazo al expediente de nuestro protagonista, elegían a un nuevo sujeto al que amargarle la existencia hasta hacerle perder la cordura.

Pues así, al borde de la paranoia, se siente quien les escribe en estos momentos –son las tres de la tarde- llevando desde las nueve de la mañana peleándose con administraciones, empresas y servicios. No descarten mis queridos reincidentes que, si un servidor desaparece de repente de estas páginas, se encuentre ingresado en un frenopático, convencido de que la persecución multibanda que padece no es fruto de la casualidad, y que hay en algún lugar un puñado de caballeros trajeados y poderosos conspirando contra su próxima víctima. Les cuento lo de hoy y juzguen ustedes mismos.

Nueve de la mañana. Se encuentra quien les escribe con su café, delante del ordenador echándole un vistazo a la prensa cuando suena el timbre y aparece el cartero. Le devuelven un sobre enviado a Huelva, a la Plaza Adoratrices de la capital onubense para ser más exactos, el pasado 21 de abril, con la anotación de que el remitente y/o el domicilio son desconocidos.

- Pues tanto el remitente como el domicilio existen, que los conozco a los dos.
- Se habrá confundido mi compañero de Huelva.
- Claro… es que en Huelva hay Avenida Adoratrices y Plaza Adoratrices.
- Será eso. Pues tendrá usted que volver a Correos y enviarlo de nuevo.

Como suele ocurrir en la mayoría de ciudades, Correos se encuentra en pleno centro, en una ubicación de estacionamiento imposible e, invariablemente, la oficina se halla atestada de clientes que envían y reciben paquetes y cartas, con lo cual una visita a la oficina de Correos supone, como poco, perder media mañana. Bueno… ahora, cuando aclare una duda que tengo con el borrador de la declaración de la renta, me acerco.

Revisando la correspondencia antes de irme, le echo un ojo al extracto bancario y descubro que me han cobrado el vuelo y el coche de alquiler de un viaje a Alemania que tuve que suspender a causa del puñetero volcán islandés. Huelga decir que anulé todas las reservas, asegurando los respectivos operadores de atención al cliente de las respectivas compañías que no iban a cobrarme nada. Bueno… -me digo- cuando consiga contactar con la Agencia Tributaria por lo del borrador, y antes de acercarme a Correos, llamo a las compañías a ver por qué me han cobrado.


Un contestador:

-Agencia Tributaria buenos días, pulse uno para tal, dos para cual, tres para lo otro, cuatro para aquello, cinco para aquello otro….

Les ahorro el diálogo de besugos, pero en definitiva resulta que Hacienda no tiene forma humana de saber ni cuándo, ni a qué teléfono ha enviado el SMS con la referencia para consultar el borrador por Internet, y que si ya se ha solicitado consultar el borrador en Internet, tampoco hay forma humana de pedir que te envíen el borrador por correo postal a casa, porque el sistema informático “sabe” que la solicitud de borrador ya está en curso. En resumen. No tengo borrador, no tengo el código para consultarlo por Internet y no puedo solicitarlo porque ya está solicitado, aunque no dispongo de la referencia que me permitiría consultarlo por Internet, referencia que, por solicitada (aunque no recibida), invalida cualquier nueva petición de borrador.

Me acuerdo de todo el árbol genealógico del que diseñó el sistema, respiro hondo y acometo el siguiente obstáculo. Ver por qué me han cobrado el vuelo y el coche de alquiler.

Un contestador.

- Sí, aquí me consta que se lo han cobrado, pero que ya se ha tramitado la devolución.
- Y no tienes ni idea de cuándo me van a devolver el dinero, supongo…
- Pues no.
- Y tampoco tendrás idea de por qué me habéis cobrado un coche que no llegué a alquilar, pese haber anulado la reserva dos días antes de recoger el coche.
- Pues no le sabría decir, pero seguro que se lo devuelven, aunque no sepa decirle cuándo.

Otro contestador. Éste es llamada internacional y me informan en inglés de que me van a cobrar 0.40 Libras por minuto, pero que quizás sean 0.75, pero que puede ser incluso más en función de cada operador. La misma voz me advierte unas veces que la conversación puede ser grabada, otras que sus operadores están ocupados y otras que en la página web de la compañía quizás pueda encontrar solución a mi problema. Intercalando musiquitas y advertencias, van pasando los minutos. Aún no me han atendido y la llamada ya me está costando 4 libras esterlinas, o quizás 7 y media, o sabe Dios cuánto.

- Para ser atendido en español, pulse uno.

Pulso uno y me sale una tal Daisy hablando en inglés, le pregunto si habla español y me dice que no, que para eso debiera haber pulsado el uno, le digo que en la pantalla de mi teléfono, todavía aparece el uno que acabo de pulsar y me responde que no lo entiende, pero que si quiero hablar con un operador que hable español que vuelva a llamar, porque ella en español sólo sabe decir “hola” y “sangría”. Como ya debo llevar quince o veinte libras esterlinas en la llamada, desisto de volver a llamar y, como puedo, le explico mi problema en inglés y me responde que sí, que efectivamente me han cobrado el vuelo, pero que me lo devolverán, aunque no sabe ni cuándo, ni cómo. ¿Han probado a deletrear una reserva de tropecientos dígitos y con muchas consonantes en inglés? Se lo recomiendo encarecidamente. Es divertidísimo.

Total, que cobrar han cobrado todos, y que sabe Dios cuándo me lo van a devolver.

Rumbo a Correos. Mejor en moto, que en coche ni soñando se aparca, extremo que confirmo al comprobar que incluso yendo en moto, he de dejarla donde Cristo perdió la Sandalia.

El marcador de turno está en el 132. Saco el 169. Media hora larga. Una señora, muy sofocada, está montando un pollo del quince. Por segunda vez le han perdido un paquete, y además la llaman mentirosa porque, según el sistema informático, el paquete ha llegado a su destinatario. Además, la tachan de ignorante por haberse equivocado en un número en el código postal. La señora jura y perjura que el paquete no ha llegado, y que a santo de qué iba ir allí a reclamar un paquete entregado correctamente. La funcionaria, impertérrita, le cuenta que ella sabrá, que ése no es su problema y que otro día se fije más a la hora de consignar el código. La señora abandona correos juramentando en arameo, culpando a Zapatero y amenazando con fulminantes acciones judiciales que van provocar en la funcionaria que su aparato excretor funcione por sus patas (de la funcionaria) abajo.

Cuarenta minutos después, aparece en el marcador el 169 y me dirijo a la ventana 6

- Verá que han devuelto este paquete por usuario/domicilio desconocido, y le aseguro que tanto uno como otro existen.
- Pues si lo quiere enviar de nuevo, tendrá que volver a pagar.
- Pero vamos a ver… ¿cómo voy a volver a pagar un envío devuelto porque el cartero no ha sabido encontrar un domicilio?

Se me saca de encima diciendo que si lo quiero enviar de nuevo, no me queda otra que volver a pagar, y que si no estoy conforme que vaya a la ventanilla 2 (donde a la señora de antes la trataron de ignorante y embustera) pero que aquella es la ventanilla de envíos y no la de reclamaciones, y que haga el favor de despejar, que él tiene trabajo y que hoy lleva un día que ni me cuenta.


Diez minutos más de espera y me toca el turno en la ventanilla dos. Por suerte, quien me atiende no es la funcionaria que llama ignorantes a los clientes si no un caballero que parece simpático.

Le explico el caso, consulta con su ordenador y vuelve.

- Es que en Huelva no existe la Plaza Adoratrices, se llama Avenida Adoratrices. Es normal que si usted pone plaza en vez de avenida, la carta no llegue (perdiendo la simpatía por instantes).
- Le aseguro, caballero, que existe la Plaza Adoratrices, que allí vive gente, que queda así como a mano derecha, que al lado hay un salón recreativo y un bar.
- El sistema me dice que no existe.
- Pues su sistema está equivocado, porque le insisto que existe. Hágame el favor y llame a Correos de Huelva, verá como sí existe.

Me hace caso y llama. Lo veo sonreír al teléfono y vuelve.

- En correos de Huelva me confirman que no existe.

Apelo a su humanidad, a su solidaridad masculina con el género, a la vez que le aseguro que he enviado varios paquetes a esa dirección y que todos –excepto éste- han llegado puntualmente a su destino, le suplico que consulte por Internet un callejero de Huelva, o que introduzca Plaza Adoratrices en Google Maps y podrá ver la plaza, el salón recreativo, el bar, hasta una señora saliendo de uno de los portales.

- Es que yo… (flojea el funcionario y arremeto nuevamente)
- Porque si no, si según usted no existe, cómo puedo yo volver a enviar este paquete –por el que, dicho sea se paso, he pagado seiscientas cucas de las de antes cuando no contiene más que un DVD (sin caja) y dos puntos de libro- a una dirección que su sistema no reconoce, y cómo voy a enviarlo a la Avenida Adoratrices, como usted sugiere, cuando yo sé que no es en la Avenida sino en la Plaza donde vive mi amiga. Sea usted persona y haga el favor de preguntarle a el señor Google por esa calle…

Me mira, lo veo de nuevo dubitativo y cuando me dispongo a soltarle otro pasaje apelando a las dos horas largas que ya he invertido en esa oficina para enviar ese paquete, me suelta lo de “vale, vale, espere un momento, no se me embale”. Lo veo volver al teléfono y regresar a los pocos minutos.

- Le ruego mil disculpas, caballero. He hablado con cartería, en Huelva, y allí me confirman que sí existe la plaza, debe de tratarse, al margen del fallo en el ordenador, de un error del cartero de la zona. Déjeme aquí el sobre que yo me ocupo personalmente de todo.

Y ante tal discurso sólo le queda a uno que darle las gracias al funcionario y abandonar la sucursal con el aire y el porte con el que el almirante Nelson debió salir de Trafalgar tras haber derrotado la armada invencible. Ha costado lo suyo, pero menudo soy yo para esto, seguro que se le escuchó decir al almirante rumbo a la Gran Bretaña.

Han trascurrido seis horas desde que el cartero llamara dos veces (pulsó dos veces el trimbre) y uno, casi se ha salido con la suya –excepto con el borrador, que Hacienda es mucha Hacienda- y eso le proporciona a este columnista una dulcísima sensación de victoria.

Se preguntarán mis queridos reincidentes cómo puede alguien sentirse triunfal y satisfecho cuando le ha tocado invertir seis horas de su vida en resolver desaguisados producidos por personas que no cumplieron bien en sus respectivos quehaceres. Pues muy fácil. Mejor tenérselas que ver uno con una panda de impresentables que trabajan fatal, que con los individuos trajeados y poderosos a los que me refería en el primer párrafo.

Aunque ahora que lo pienso… lo del teléfono… yo pulsé el 1. ¡Segurísimo! Que lo vi en la pantallita. Y el ordenador de Correos al que le ha desaparecido una calle de la noche a la mañana…

Lo dicho: si desaparezco de golpe, les ruego que intenten contactar conmigo el algún frenopático. A cambio, les mantendré al tanto de las últimas actividades conspirativas de esos individuos trajeados y poderosos.

miércoles, 21 de abril de 2010

Día de malos augurios: el ordenador, la sacarina y el mosquito que pudo ser tigre.






Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en abril de 2010
.



.
Hay días en los que uno presiente que algo no acaba de funcionar, a saber si es a causa de que los astros no están alineados de la forma propicia, o que su aura particular presenta resquicios y se muestra incapaz de contener las buenas sensaciones, o sabe Dios cuál es el motivo, pero lo cierto es que sin saber explicar el porqué, ayer pasó un servidor de ustedes un día de aquéllos en los que no se augura nada bueno. Mala sensación para una jornada en la que en Barça se jugaba gran parte de su futuro en la Champions enfrentándose al Inter de Mourinho.

Ya empieza el día acelerado. El despertador no ha sonado –probablemente un duendecillo desprogramó la alarma que un servidor, de forma laboriosa y responsable, programó sin duda alguna la noche anterior en su teléfono móvil- y ya sale uno por la mañana a trompicones, sin siquiera haber recibido su imprescindible dosis matinal de cafeína, tanteándose los bolsillos (móvil, tabaco, llaves, mechero, cartera, gafas de sol) mientras baja las escaleras, y, un día que empieza así, o cambia mucho, o no va a ser plácido. Mourinho es gato viejo, la puñetera nube del puñetero volcán -que ya dejó en tierra a un servidor este fin de semana y le mandó al garete un viaje programado (y pagado) a Hamburgo- obligó a mi Barça a desplazarse en autocar hasta Milán a jugarse la mitad de las semifinales de la Champions. Ayayaiiii…

Con el tiempo más que justo abre uno la puerta del garaje y… como era de esperar (algo más tenía que torcerse) una camioneta ocupa parcialmente el vado. Parece que sí salgo… A ver… Pues no. No salgo. Claxon como para alertar a todo ser vivo en trescientos metros a la redonda y nada. La camioneta lleva un rótulo con el nombre de la empresa y un teléfono.

- Construcciones Tal, buenos días.
- Buenas, mire usted, le llamo porque tienen una de sus camionetas estacionada delante de la puerta de garaje de mi casa, y llevo tocando el claxon como diez minutos y no aparece nadie. ¿Tendría usted manera de localizar al conductor, a ver si fuera tan amable de moverla?
- ¿Es amarillita con letras azules?
- No, es blanca con caja abierta.
- ¡Vaya por Dios!
- En todo caso, mejor que vaya por el chófer, ¿no?
- Sí, sí… está haciendo una reparación justo ahí. No se preocupe que en seguida se la sacan.

Y aparece un mastodonte, malcarado y maleducado que me recrimina mi poca paciencia.

- Oye (a mí) que yo estoy trabajando, eh?

Confieso a mis queridos reincidentes que si el mastodonte no hubiese sido tal, y si su tamaño no hubiese sido dos veces el mío, alguna ironía no exenta de mala leche hubiese salido de mi boca, pero ante tamaño mastodonte, que además lleva una llave inglesa del tamaño de una barra de pan en la mano, sólo atino a decirle que siento interrumpir, pero que un servidor también tiene el raro vicio de trabajar y que para su desgracia ha de hacerlo regularmente si quiere pagar la hipoteca.

Como mandan las leyes de Murphy, cuando uno lleva prisa el azar selecciona un generoso ránking de torpes al volante y los sitúa delante del coche de uno. La abuelita que a duras penas asoma la cabeza por encima del volante y que se mueve como una tortuga sedada, el chaval con la “L” que se acaba de sacar el carné y que se le cala el Peugeot tuneado en cada semáforo, la Maruja con el Microcoche que circula a 20 por hora cuando no se puede adelantar, el camión que se para en mitad de la calzada para recoger un contenedor de obras. Y, por supuesto, todos los semáforos inician una confabulación maligna y despiadada para ponerse en ámbar justo cuando llega el coche que te precede, conducido por la única persona del mundo mundial que se para con el naranja.

Tarde al trabajo pero, por suerte, no debe haber pasado nada destacable o ya me hubiesen llamado por teléfono preguntándome qué pasa que no aparezco.

- Oye… ¿Tú para qué quieres el teléfono? Llevo llamándote más de una de hora y lo tienes apagado.

Efectivamente. El duendecillo que desprogramó la alarma, también ha activado la casilla de “modo de vuelo” del terminal, casilla que deja el teléfono conectado y operativo excepto en su función principal. Vamos, que sí se le ven las lucecitas y demás pero está parado cual estatua. La madre que trajo al duende de las narices.

- No sé a que esperas para enviar aquello que nos pidieron ayer.
- Sí, sí.. ahora mismo lo envío, es que llevo una mañanita…

Un servidor no existe hasta que no ingiere su primera e indispensable dosis de cafeína, pese a eso, conecta el ordenador y…

Pip, pip, pip, pip. Y la pantalla negra cual sobaco de pantera.

-¿Departamento de informática? Oye, mira… que conecto el ordenador y pita, pero la pantalla sale negra.
-¿Cuando te refieres a que pita, te refieres a que funciona, o a que pita sin más?
- No, me refiero a que pita, a que emite un pitido, tal que así “Pip, pip, pip, pip” hecho lo cual se apaga la lucecita roja de la torre y se queda muerto.
- ¿Qué numero de PC es?
- Y yo qué coño sé. Es el que uso yo. El que está en mi mesa.
- Sí, ya, pero como comprenderás si no conozco a los usuarios, voy a conocer sus ordenadores. El número de PC está en una etiqueta, como un código de barras, en la parte de detrás de la torre, debajo del ventilador.

Revolcado por los suelos compruebo que el número del PC es el 537 y así se lo hago saber al informático.

- Bien. Le pongo un aviso al “cambiapiezas” para que pase a verlo, porque tiene todo el aspecto de ser una avería de hardware.
- ¿Sabes cuándo vendrá?
- Probablemente esta semana.
- ¿Esta semana? Tengo un documento que ya tenía que haber salido ayer.
- ¿Lo tienes en el disco duro? – pregunta incrédulo y alarmado como si me preguntase que si he asesinado a mi padre?
- Pues claro.
- Pues muy mal hecho. Ya sabes que se ha de grabar todo en la unidad compartida del servidor “Q”, precisamente para evitar pérdidas de datos.
- Sí, lo sé. Debes tener por ahí un aviso de hace días informando que llevo semanas sin poder acceder al servidor “Q” porque me dice no sé qué de privilegios insuficientes.
- No puede ser, si tu PC es el 537 tienes activados los privilegios suficientes. Eso es que no lo haces bien.
- Claro, claro… los ordenadores nunca fallan, por eso yo no te estoy llamando en este momento. Bueno, da igual, dile al cambiapiezas que es urgente.
- Vale, vale, pero si lo hubieses archivado en el servidor compartido “Q”, podrías recuperarlo desde cualquier PC.
- Sí, y si mi tía tuviese testículos (en honor a la verdad la palabra exacta fue “cojones”) no sería mi tía sino mi tío. - Cuelgo sin esperar respuesta.

A tomar por saco el documento el duende y la madre que los tajo a los dos. Asomo la cabeza por la sala donde mis compañeros se pelean con sus quehaceres y les suelto:

- Me voy a tomar un café aquí abajo Que no puedo hacer nada en el ordenador hasta que no venga el cambiapiezas. Si viene dadme un toque al móvil.
- Pues como no lo conectes ya te podemos ir dando toques, ya… -suelta el primero-
- Puedes recuperar el documento desde cualquier PC, sólo tienes que conectar con el servidor compartido “Q” –responde otro- éste con verdaderas ganas de colaborar.

En vez de mandarlos al carajo a los dos, respiro hondo y tiro para la cafetería.

- Un café sólo, David.
- Joder, niño… traes mala cara, ¿eh?
- Calla, calla… Ni te cuento.
- Con sacarina ¿verdad?
- ¿Con sacarina? ¿Tú me has visto a mí pedir alguna vez un café con sacarina? ¿Te estás quedando conmigo o me estás llamando directamente gordo?
- Ui.. sí.. es verdad, disculpa. El de la sacarina es aquel compañero tuyo que viene a veces contigo, que siempre me lío.

Junto a mí, dos currantes se meten un bocata de chorizo y uno de ellos le cuenta al otro que su mujer había matado ayer un mosquito tigre de seis centímetros. Joder, seis centímetros –replica el otro- eso no es un mosquito. ¡Es un B-29! ¿Un qué? –pregunta el marido de la asesina- Un bombardero de la Segunda Guerra Mundial, como el que tiró la bomba sobre Hiroshima: Enola Gay, se llamaba, como la madre del piloto, el coronel Paul Tibbets Tres días más tarde, otro B-29, el Bockscar, lanzó una segunda bomba sobre Nagasaki y eso precipitó el final de la guerra pues Japón capitularía de inmediato.

Alucino con el currante, pago y me voy a ver si hay noticias del cambiapiezas.

Toda la mañana mareando la perdiz. El cambiapiezas se encuentra desaparecido, en Informática ya ni me cogen el teléfono y escucho más de diez veces lo de “¿Por qué no lo archivaste en el servidor “Q”? Filosofo sobre lo esclavos que nos hemos convertido de la informática, me juro que incumpliré sistemáticamente la ridícula prohibición, normativa interna, de emplear pendrives particulares en los equipos del trabajo y grabaré en ellos todos los documentos importantes y me acuerdo de la madre del cambiapiezas, del duende, del servidor compartido “Q” y de toda la genealogía de todos ellos trescientos trillones de veces, especialmente, cuando al volver después de comer, todo sigue igual. Golpecitos (golpetazos) al PC y nada. Pruebo con otro monitor y nada, con otros cables y nada.

- Oye, que han llamado preguntando por ti, que si te acuerdas que necesitan no sé qué que tenías que enviar.
- Si vuelven a llamar, les decís que estoy Brasil recogiendo cocos.
- Que se lo digo, ¿eh? Que soy capaz, ¿eh?
- Sí, y les dices que volveré mañana, pero para asesinar al cambiapiezas.

Llego a casa. Abro el correo electrónico y dos mensajes de la compañía de vuelo en las que me confirman dos reservas distintas para el mismo vuelo. Obviamente, cobradas dos veces.

Consulto la página de Internet y no consigo entrar en mi reserva, en ninguna de las dos. Centro de atención al cliente. No menos de 10 llamadas en las que, tras tenerme varios minutos en espera, se corta la comunicación. Para más INRI es un teléfono 807.


- ¿En qué podemos atenderle?
- ¡¡Aleluya!! Llevo más de una hora esperando.
- Disculpe, pero con lo de la nube del volcán, estamos saturados.
- Pues verás, que me habéis facturado dos veces la misma reserva.
- Eso es imposible, caballero.
- Bueno, en realidad me habéis hecho dos reservas distintas, para el mismo vuelo.
- Pero eso también es imposible, una persona no puede facturar “on line” dos veces.
- Pues será imposible, pero me habéis mandado un correo con dos reservas y dos confirmaciones distintas.
- Ya le digo que es imposible.
- Mira, si te parece, lo comprobamos. Anota los dos números de reserva.
- Dígame –se las doy, me dice que disculpe un segundo y responde.
- Esto es rarísimo. El ordenador no debiera permitir duplicidades.
- Debe ser el duendecillo, que me la tiene jurada.
- ¿Perdón?
- Nada, cosas mías. ¿Tiene arreglo?
- Sí, por supuesto. Ya está arreglado. Borre la confirmación de reserva que empieza por F, se la he anulado, y conserve la que empieza por E de España.
- Muy amable, señorita. Muchas gracias.
- Gracias a usted por confiar en nuestra compañía,

Hago cálculos y compruebo con alborozo que la llamada telefónica al 807 probablemente cueste tanto como el vuelo, si no más.

Se acerca la hora del partido y las sensaciones no son buenas.

Suena el teléfono.

- ¡Niño! ¿Te vienes a ver el Barça y nos metemos unas papas bravas viendo el partido?
- ¿Dónde?
- En la cafetería de siempre.
- No, que me quieren poner sacarina.
- ¿Qué coño dices?
- Nada, nada. Nos vemos allí en media hora.


En la cafetería.

- Tienes mejor cara que esta mañana, eh?
- Claro, la sacarina, ya sabes…
- Ponnos unas cervezas y unas bravas antes de que empiece el partido, anda. Así, si pierden, ya hemos cenado.
- Bravas… No. No tengo patatas. Las llevo esperando toda la tarde pero el niño no ha venido. La madre que lo parió. Luego dicen que hay paro… Os hago unos bocatas de lomo.
- Venga. El mío con sacarina.
- ¡Vete al peo!


Gol de Pedrito. Esto pinta bien.

Gol del Inter. Pero si han agarrado a Messi de la camiseta. Claro… el árbitro es portugués.

Gol del Inter. Nada que objetar.

Gol del Inter. ¡Fuera de juego! ¡Árbitro! ¡Desgraciado! ¡Hideputa!

Penalty no pitado al Barça. ¡Árbitro! ¡Desgraciado! ¡Hideputa!

- Ponme un café descafeinado
- ¿Con sacarina?
- Mejor con un chorrito de Baileys.
- Baileys y sacarina, marchando.

Ambiente de duelo en casa. Ha perdido el Barça. Un dos a cero a la vuelta es posible, pero complicado. A menos que Messi tenga el día y les meta cuatro como al Ársenal.

- Hala, buenas noches, que descanséis, hasta mañana. Yo me voy a quedar un ratillo, a ver si hago el artículo para Vistazo a la prensa, que tengo medio mosca al director.

No hay manera de hilvanar más de dos palabras seguidas. Ni del proceso a Garzón, ni de la puñetera nube del puñetero volcán, ni del Gürtel. La madre que parió a Mouriho y la madre que trajo al puñetero árbitro portugués.

Ratito de lectura y a la cama.

No sé si a ustedes les ocurre que cuando acaban un libro que les ha encantado, sienten como una especie de desasosiego, una suerte de hueco interior que saben que difícilmente rellenarán con otro libro. Ayer acabé El Asedio, de Reverte. Alto el listón. Me acerco al rincón donde se acumulan los libros recientemente adquiridos y pendientes de lectura y, tras unos segundos de indecisión, me decanto por un tomo poderoso, más de un palmo de alto, encuadernación cara y letras doradas. Sigmund Freud. Obras completas. Casi mil páginas de nada. ¿Seré capaz de tragármelo enterito? ¿Resistiré pulsiones, histéricas y justificaciones de índole siempre sexual? El cuerpo me pide algo fuerte, algo que me permita olvidar al duende, al camionero irresponsable, al cambiapiezas, al servidor Q, a la sacarina, a Mourinho, al árbitro portugués. Venga.

Empieza con una breve reseña biográfica. Yo que pensaba que era austríaco y resulta que no. Pues mira… está interesante…

Y justo en ese momento.

Bzzzzzz, Bzzzzzzzzzzzz, Bzzzzzzzzzzz (onomatopeya que simula el zumbido de un mosquito).

Levanto la vista y me veo un mosquito posado en la pantalla de la lámpara. ¿Qué digo un mosquito? La madre de todos los mosquitos. ¿Será un mosquito tigre? -rememoro la conversación de los currantes en la cafetería y un artículo aparecido en prensa local sobre la proliferación de este espécimen en una zona próxima, así como su voracidad y sus tremendos picotazos-. Le lanzo un manotazo que el bicho esquiva con destreza y desaparece de mi vista. Corro a cerrar puertas para cortarle la retirada y busco sin éxito algún matamoscas –y mosquitos- en spray. Me tocará un combate cuerpo a cuerpo, sin recurrir a armas químicas.

Siento sobre mis hombros la responsabilidad de garantizar la seguridad del hogar y reclamo la colaboración de la infantería: mi perrita Magui, una teckel de cinco quilos a la que he visto perseguir, atrapar y torturar moscas en diversas ocasiones, pero ciertos problemas con las transmisiones –me mira como preguntándome si he bebido- impiden la comunicación necesaria para acometer un fin común, pese a ello, la mantengo a mi lado, por si la casualidad hiciese que el mosquito se le pusiese a tiro y ésta, lo derribase de un certero zarpazo. El mosquito sigue desaparecido y me digo que la diferencia de tamaños entre nuestros cerebros, bien ha de proporcionarme cierta ventaja. Confinado el enemigo, se impone la estrategia de la paciencia: todas las luces apagadas, excepto la de la de la lamparita donde lo descubrí y mi perrita y yo, en el sofá, oído atento y ojo avizor a la lámpara, nos parapetamos tras unos cojines, emboscados esperando el momento de soltar el golpe de gracia. Que si quieres arroz, Catalina, el mosquito no aparece y la perrita y yo estamos a un paso de sucumbir al sueño. Cambiamos de cebo: apagamos la lámpara y encendemos el televisor –desde luego, sin sonido- confiando que el juego multicolor de lucecitas llame la atención del invasor.

Transcurren largos minutos manteniendo la posición sin detectar movimientos enemigos. Pensamos en ofrecerle un segundo cebo: el ordenador. Situados en un punto estratégico –la butaca- dominamos los dos frentes, pero para conectar el ordenador hemos de encender la lámpara, no sea que caminando a oscuras por la habitación tropecemos con algo y formemos tal escándalo que despertemos a todo quisque, aunque, en este momento, debo abandonar el plural, pues la infantería se ha quedado frita sobre el sofá y ronca como un leñador silvestre. Enciendo la lámpara, conecto el ordenador y entonces escucho el zumbido que lo delata y lo veo posarse de nuevo sobre la lámpara que acabo de encender. Repto hasta el arsenal y me pertrecho de armamento ligero (una carpeta azul de cartón) y me deslizo con sigilo hasta las proximidades de la lámpara. Recuerdo a David Carradine en Kung Fu, cuando se concentraba para quitarle la piedra de la mano a su maestro. Respiro hondo, pero despacio. Concentro toda mi energía en el cerebro, tenso el abdomen, visualizo a mi cerebro proporcionando órdenes precisas y a mi sistema nervioso ordenando a los músculos de mi brazo que lancen un golpe seco, rápido y certero con la carpeta sobre la lámpara que, evidentemente, salta por los aires.

El golpe parece haber tocado el objetivo, pero el cadáver del enemigo no aparece. Quizás aquí sí resulte eficaz la infantería, que con el golpe se ha despertado y tiene las orejas hacia arriba. Reconvierto la infantería en cuerpo de rastreo: Busca, Magui, busca. Magui sale disparada debajo del sofá y se presenta con su pelota, moviendo el rabo, segura de haber desarrollado con éxito su misión. Me afano con una linterna en la alfombra, de colores ocres –como el mosquito- en busca del cadáver que evidencie la victoria del hombre sobre el insecto, tarea que se ve dificultada por la infantería –finalizó el rastreo al encontrar su pelota- que, insistentemente, irrumpe en el campo de batalla con la pelotita, ofreciéndomela para que se la lance. Finalmente, hago comprender a la infantería que son las tres de la mañana y que se deje de pelotitas, a la vez que la conmino a que utilice su prodigioso olfato con fines más productivos. Se vuelve al sofá y se pone a roncar.

Con el campo libre, y tras dividir mentalmente en cuadrículas la alfombra, ahí, desarmado y herido –mueve una antenita- se encuentra el enemigo pidiendo cuartel. La Convención de Ginebra me impide rematarlo al hallarse indefenso, por lo que procedo a su detención y a su confinamiento -previas diligencias de identificación fotográfica, ora de frente, ora de perfil y ora del otro- aunque una vez confinado, el enemigo fallece, circunstancia que me libera de posteriores trámites ante la autoridad militar.



























Victorioso, consulto en Internet cuanto encuentro sobre el temido mosquito tigre y compruebo que no era un tigre el mosquito que nos ha tenido en vela, a mí y a mi infantería –más a mí que a ella, en honor a la verdad- y que el espécimen capturado es un mosquito, del tamaño de una excavadora, eso sí, pero inofensivo en definitiva. Mi ignorancia –el mosquito tigre tiene el abdomen tuneado con franjas blancas y negras- me ha tenido en vela gran parte de la noche que culminaba un día de aquellos en los que uno no augura nada bueno. Y como han podido comprobar mis queridos reincidentes no iban desencaminados los augurios que les refería en el primer párrafo de este largo artículo que espero que ustedes sepan disculparme. Que lo que mal empieza, ya se sabe cómo acaba.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Hideputas II

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en marzo de 2010
.
.
.
Me van a disculpar mis queridos reincidentes que insista nuevamente en el mismo tema de la semana anterior, pero la verdad es que llevamos una semanita de hideputadas (dícese de las acciones llevadas a cabo por hideputas cuando éstas hacen honor el calificativo de su autor) que tira de espaldas, y si ellos no se cansan de justificar lo injustificable, un servidor no va a cansarse de denunciarlo y de poner el grito en el cielo. A ver si sus contactos allí arriba lo escuchan y les envían un rayo de luz a los que mueven los designios espirituales en la Tierra y, de una puñetera vez, dejan de ofender a la inteligencia y, lo que es peor, a sus víctimas de abusos sexuales.

Por lo pronto, parece ser que los clérigos doblan el porcentaje general de hideputas que todo colectivo posee y que el antropólogo que les citaba en mi artículo de la semana anterior cifraba en un dos por ciento. El cardenal prefecto de la Congregación para el Clero del Vaticano, Claudio Hummes, sitúa en un cuatro por ciento el número de curas pedófilos. Cabría analizar el porqué de este dato, y preguntarse qué pasa entre los curas para que exista entre ellos un porcentaje superior de hideputas al existente en el resto de la sociedad. De todas formas, las estadísticas, según se miren, pueden incluso dibujar realidades distintas. Si revelamos que 20.000 curas –datos del propio Vaticano- son pedófilos (efebófilos, afirman ellos, que parece que no les suena tan mal) concluiremos con que hay un buen puñado de curas hideputas. Sin embargo, si afirmamos que de cada cien curas, a noventa y seis jamás se les pasaría por la cabeza tamaña salvajada, la cosa no suena tan mal. Pero no es de eso de lo que quiere tratar este artículo, ni es ahí donde un servidor quería llegar.

Y es que de lo que se queja este columnista, no es de que haya muchos o pocos curas que se dedican a hacerles guarradas a menores. Que porcentualmente son pocos, ya lo afirmaba quien les escribe en su artículo de la semana anterior, que la enorme mayoría de clérigos son gente honesta nadie lo pone en duda. Lo que a un servidor de ustedes no le cabe en la cabeza es la tibieza –insisto por enésima vez- con la que se trata este tema, la tolerancia que se destila desde quienes tienen responsabilidades sobre esos criminales y la insistencia en echar pelotas fuera justificando esas conductas.

¿Pues no sale el propio Ratziger con lo de “intransigencia con el pecado pero indulgencia con las personas”? (nueva pausa para respirar hondo) Indulgencia es, según el DRAE, “facilidad en perdonar o disimular las culpas o en conceder gracias”. O sea, lo de siempre. Mirar para otro lado, disimular como quien dice “pío, pío, que yo no he sído” y, de paso, echarle la culpa a la revolución sexual –la Conferencia Episcopal se sube al carro del prelado alemán que les citaba en el artículo de la semana anterior- o a la provocación lasciva y perversa de lúbricos y sátiros de doce años.

Mire usted, herr Ratziger, perdone todo lo que quiera, pero no disimule. Uno disimula cuando a un empleado se le escapa un pedo delante de un cliente. Si a su ayudante se le resbala una sonora ventosidad mientras usted se entrevista con una religiosa, hable de lo cambiante que está el tiempo esta semana y, mientras, agarre con disimulo a sor Gertrudis por el brazo para llevársela a espacios más ventilados, pero no disimule cuando sus empleados cometan delitos vergonzosos.

Porque llegados a este punto, uno se pregunta por qué a Ratziger le cuesta tanto condenar sin paliativos a esos degenerados delincuentes con sotana. Si un servidor fuera mal pensado, elucubraría con hipótesis que no se atreve ni a escribir.

Por no hablar de ese obispo de Córdoba, que a colación del tema lo obvia y sale por peteneras señalando que mucho peor son los miles de abortos que se practican diariamente en el mundo, no considerando el obispo, primero: que abortar dentro de los límites establecidos no es un delito, mientras que abusar de menores sí y, segundo, –y más importante- que a nadie se obliga a que aborte si no lo desea, mientras que un abuso sexual a un menor es siempre contra su voluntad, tanto ética como jurídicamente. Mucho peor fue, sin duda, la bomba de Hiroshima, pero ni siquiera eso exime ni un ápice de responsabilidad a quienes cometen delitos sexuales sobre menores. Entre otras cosas porque nada tiene que ver el tocino con el espacio partido por tiempo (velocidad, para los alumnos de la LOGSE).

¿Qué impide entonces a los responsables religiosos afirmar que esas prácticas son intolerables, injustificables, repulsivas y que sobre aquéllos a los que se pruebe su participación en actos de ese tipo debiera caerles encima todo el peso de la ley?

¿O es acaso mucho pedir?

miércoles, 17 de marzo de 2010

Hideputas

Artículo publicado por Vistazo a la Prensa en marzo de 2010
.
.

Leía hace años a un antropólogo moderno que afirmaba que el dos por ciento de la población mundial estaba formada por hideputas. En honor de la verdad, no era éste el calificativo empleado por el autor, pero en definitiva era eso: individuos siempre a la contra, cabreados con el mundo, revienta ambientes, manipuladores, carentes de ética… Vamos, igualitos a ese hideputa en el que usted está pensando y que, por pura estadística, probablemente tenga cerca.

Los curas, visto lo visto, no están exentos de ese porcentaje de hideputas. Ni siquiera la estrecha relación que se supone mantienen con las alturas les libra de ese dos por ciento, y así, llevamos una temporadita en la que raro es el día en el que no aparece otro nuevo caso de abuso sexual a menores protagonizado por alguno de los integrantes de su dos por ciento particular.

Probablemente todos estaríamos de acuerdo en que debemos de asumir que ningún colectivo se halla libre culpa y que todos, sin excepción, sufren su pequeño porcentaje de hideputas y que, de la misma manera que pueden existir entre jueces, policías, médicos, abogados (en este caso hay quien afirma –no un servidor, desde luego- que el porcentaje es ligeramente superior), o entre cerrajeros, periodistas, o sexadores de pollos y pollas (que diría cierta ministra), unos pocos especímenes indeseables, también debiéramos concluir con que, pese a que un noventa y ocho por ciento de la gente del clero, a buen seguro será buena gente, unos pocos de ellos son ovejas descarriadas que, de puertas de la sacristía hacia adentro, se entregan a actividades poco confesables. Hideputas en definitiva.

Convendrán ustedes conmigo en que ciertas profesiones –o vocaciones- debieran prestar especial atención a que su porcentaje de hideputas fuese inferior, incluso a ese dos por ciento. Y que cuando se detecte a uno de ellos habría que eliminarlo ipso facto de la profesión; más que nada, porque el daño que pueden inferir a la sociedad es muchísimo más grave, pues ésta ha depositado en ellos su confianza. Un comerciante hideputa apoyará distraídamente la mano en la balanza cuando nos vende cien gramos de mortadela; un mecánico hideputa aprovechará una pieza usada y nos la cobrará como nueva cuando le llevemos el coche a su taller, pero un juez, un médico, un policía e incluso un cura puede joderle -con perdón- la vida al más pintado, entre otras cosas, por que se les supone la honradez y porque uno, por norma general, asiste confiado a ellos.

Si usted se encuentra en apuros en la carretera y ve aparecer una patrulla policial, verá el cielo abierto y acudirá a ellos sin reservas. Si tiene un piso para alquilar y se le presenta un juez con intención de alquilárselo, lo hará con tranquilidad, creyéndose incluso afortunado; si mientras usted hace footing con su amigo, a éste le da un telele y se cae al suelo mareado, respirará aliviado si resulta que la señora en chándal que corría detrás de ustedes va y le dice lo de “soy médico”, y, de la misma manera, si usted trabaja en un banco y se presenta en su oficina un señor con sotana, lo último que se le pasará por la cabeza es que debajo de la sotana se saque el hombre una escopeta de cañones recortados y le diga lo de “todo el mundo quieto, esto es un atraco”.

Retomando el porcentaje maldito, asistimos algunas veces –muy pocas, por suerte- a episodios con jueces o policías corruptos, médicos con amnesia respecto al juramento hipocrático o curas que además de pecar –como todo hijo de vecino- también delinquen.

La diferencia está en el tratamiento del resto del gremio hacia la oveja negra y, demasiadas veces, desde La Iglesia, se ha llegado a justificar lo injustificable con afirmaciones que ofenden la inteligencia. ¿Muestras? Las que quieran.

El obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, justificaba la pederastia alegando que no siempre ese tipo de relaciones pederastas podían ser consideradas abuso, "Puede haber menores que sí lo consientan y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso, si te descuidas, te provocan”.

Por mucho que huelguen comentarios, un servidor no se guarda las ganas de decirle a Monseñor Bernardo lo siguiente: pues mire usted, eso no es así. Si un cura (o un camionero) mantiene relaciones sexuales con un crío de trece años es un hideputa y un depravado. Y eso no tiene justificación posible. Máxime cuando quien lo lleva a cabo es quien se supone ha consagrado su vida al servicio de Dios.

Mis queridos reincidentes más acérrimos podrán decir que un servidor se repite como el ajo, pues ya comentó en su día la micción fuera de maceta del obispo en cuestión, pero no me negarán que tienen tela las declaraciones del mitrado, tanta tela como para recuperarlas para vergüenza pública de ese señor. De todas formas, hay bastantes más. La siguiente, calentita del día: que aparece hoy en la prensa:

Otro mitrado, el de Augsburgo para más señas, herr Walter Mixa, aparece el hombre diciendo que la pederastia en los colegios alemanes (en relación a los abusos sufridos por más de cien niños en una cadena alemana de colegios religiosos) no es –según él- sólo culpa de los hideputas abusadores, sino que también es fruto de la revolución sexual. Aquí me van a permitir mis queridos reincidentes que introduzca una pausa para respirar hondo y contar hasta diez -siete veces seguidas- más que nada para no llamar a este obispo lo que me pide el cuerpo llamarlo.

Evidentemente la revolución sexual, entendiendo como tal un cambio profundo de la sociedad a partir de la segunda mitad del siglo pasado, por el cual en el mundo occidental dejaron de ser considerados tabús ciertos temas, ha permitido, entre otras muchas cosas, que un servidor pueda escribir en estas páginas palabras como masturbación, lesbiana o felación sin que mis queridos reincidentes se escandalicen, o que una alcaldesa pueda pertenecer al PP pese a ser lesbiana, aunque no presuma de ello como sí pueda hacerlo un diputado de otro partido; pero en ningún caso, ni la revolución sexual, ni la industrial, ni la rusa, ni la china, ni siquiera la francesa tan liberal ella, pueden servir para justificar la pederastia en ninguna escuela, sea religiosa o no. O, mejor dicho, especialmente cuando ésta sea religiosa.

Meses atrás, fue detenido un policía que abusó de una inmigrante en el centro donde ella estaba internada y él prestaba servicio. ¿Qué hubiese pasado si Rubalcaba hubiese achacado tal conducta a una provocación por parte de la víctima o justificado el abuso por mor de la revolución sexual?

A los delincuentes se les detiene, se les procesa y, si resulta probado su delito, se les condena. Punto pelota. Y además, cuando éstos pertenecen a la administración pública se les inhabilita para que jamás puedan volver a aprovecharse de su condición pública para delinquir. Que tomen nota los mitrados y dejen de justificar lo injustificable.

A ver cuándo, de una puñetera vez, la Iglesia acaba con esta especie de corporativismo tiñoso y miserable y llama a las cosas por su nombre. Porque entre los clérigos, como entre los cerrajeros, las cajeras de supermercado o los peluqueros, un hideputa es un hideputa. Y quien abusa de un menor es muy, pero que muy, hideputa. Como quienes los justifican.

jueves, 21 de enero de 2010

Munilla por un lado y xenofobia por el otro.

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en enero de 2010

Ésta es una de esas semanas en las que uno escribiría no una, sino varias columnas. Como ya habrán apreciado mis queridos reincidentes más fieles, quien les escribe ha perdido en buena medida la puntualidad con la que regularmente les torturaba asiduamente en todas y cada una de las ediciones de este periódico. Desgraciadamente para un servidor –y felizmente para ustedes-, nuevos compromisos adquiridos por este que les escribe hacen que no siempre pueda asistir diligentemente a la cita semanal con sus queridos reincidentes con la celeridad que otrora les taladrara pero, semanas como ésta, las tripas le piden a este columnista escribir, ni que sea quitándose horas de sueño, para ejercer de madrugada su inalienable derecho al pataleo y poner de vuelta y media a ciertos personajes que han aparecido recientemente en la prensa.

Lo del obispo Munilla no tiene desperdicio. Afirmar, como lo hizo, que los españoles tenemos un problema más grave que los haitianos a cusa de nuestra pobre situación espiritual es de apaga y vámonos. Demuestra la bajeza espiritual de ese señor, que considera más grave que, por poner un ejemplo, aquí se casen dos señoras que se aman a que en Haití se haya perdido ya la cuenta de las decenas de miles de muertos y haya desaparecido de facto todo un país. Una vez visto la que formó, corrió Munilla a matizar sus declaraciones, pero no pidiendo disculpas como hubiese sido deseable, alegando cualquier excusa increíble -como que el cilicio le oprimía el escroto y de soslayo el cerebelo- sino culpando a los medios de manipular sus palabras y haciendo hincapié en el matiz espiritual de sus declaraciones. Pues mire usted, don Munilla, un servidor ha escuchado esa entrevista varias veces detenidamente y su excelencia dijo lo que dijo y no hay vuelta de hoja. Si a usted le preocupa más el espíritu que la propia vida, si a usted le preocupa más nuestra catadura moral contraria a SU particular concepción de la moralidad que la desgracia y la miseria con visos perennes a la que se ve abocado todo un pueblo, le haría un buen favor a la humanidad aflojándose el cilicio de donde le oprime y metiéndoselo en la boca –lávelo antes- tan adentro que no le permita decir según qué barbaridades hasta que las piense mínimamente y valore cómo éstas le pueden sentar a quien lo ha perdido todo, entendiéndose como todo sus seres queridos y todas sus pertenencias. Luego –ahora voy a ser demagogo, pero la ocasión lo merece- si tiene usted narices, les convence de que todo ha sido voluntad divina. Eso sí… si está tentado de soltar –que tampoco me extrañaría en exceso- que el terremoto se trata de un castigo divino por aquello de la promiscuidad y el despiporre caribeño, casi mejor se lo calla. Mejor siga con su discurso sobre la inconveniencia del condón y metiéndose con los homosexuales, que a eso ya nos tienen acostumbrados los de su calaña. ¡Ea! Dicho está. Que se me note cabreado porque lo estoy. Y, llegado a este punto, casi mejor que cambie el tema, que cuanto más acelero más calentito me pongo, y a este paso acabo peor que Farruquito, porque lo que le pide el cuerpo a un servidor de ustedes es definir a ese hombre con varios adjetivos que, pese a que los merezca y que incluso en algún caso no sean más que descripciones objetivas, no deben de ser reproducidos en prensa cuando se pretende ser mínimamente elegante y –especialmente- cuando no se es amigo de acumular querellas.

Más desahogado, puedo así entrar en el siguiente tema del que les quería hablar esta semana. Desde hace unos días, no dejan de entrar en mi correo electrónico, día sí día también, mensajes con velado trasfondo racista. Y digo velado porque son enviados, mayormente, por amigos a los que llamarles racistas les supondría una ofensa, pues a buen seguro no se consideran xenófobos, pero el caso es que se han creado diversas cadenas de mensajes con un marcado tinte islamofóbico que debieran inquietarnos, no ya por los propios correos en sí –pues están burdamente manipulados, sospecho que interesadamente- sino por el efecto que pueden llegar a crear. En uno de esos correos aparecen fotografías en las que manifestantes de aspecto árabe portan pancartas del tipo “Decapitad a los que ofenden al Islam”, “Europa es el cáncer y la respuesta es el Islam”. “Europa, aprende del 11-M”, “Preparaos para el Holocausto”. Ese mensaje, adjunta una leyenda en la que se “desvela” una presunta conspiración para que esas fotos no aparezcan en la prensa. Tras la visión de ese correo, ya tenemos a honrados ciudadanos, que jamás se tendrían por racistas, escandalizados y transmitiendo en cadena ese mensaje, alertando de la que se nos avecina. Ninguno parece haber reparado en que las fotografías se aprecian claramente manipuladas a poco que uno se mire con detenimiento las pancartas, y ninguno se ha molestado en verificar ese e-mail en alguna de los miles de páginas que se dedican a desmontar correos basura y bulos en la red.

Lo mismo con otro mail en el que muestran fotografías de una presunta boda de 450 ciudadanos musulmanes, casándose con niñas prepúberes, también más falso que una moneda de tres euros –las niñas de las fotos no son las novias, sino damas de honor al uso en una boda festiva y multitudinaria-

Más de de lo mismo en otro correo en el que se ponen en boca del primer ministro australiano todas la declaraciones xenófobas efectuadas por todos los “Le Pen” australianos. El correo –que incluso ha sido publicado como noticia en algún rotativo poco dado a contrastar hechos y verificar fuentes- afirma que un líder así es lo que necesita este país y el correo, titulado “Con un par”, finaliza con un “Viva España”. Lo que tendrá que ver la gimnasia con la magnesia y el tocino con el espacio partido por tiempo que, como ya saben mis queridos reincidentes, no es sino velocidad.

Que habrá en estos mundos islamistas radicales a los que se les ha ido la cabeza y que hagan y digan burradas. Pues sí, los hay. También hay católicos integristas, algunos incluso con sotana, a los que se les va la pinza y que –por poner un ejemplo- abusan de menores, y también tenemos a Munilla excretando oralmente auténticos despropósitos siendo todo un obispo con mitra y pedazo de anillo. Elevarlos -a unos o a otros- de lo anecdótico a la categórico es, como poco, más simple que el mecanismo de un botijo, que no hace falta recordar los miles de religiosos –de una y otra religión- que se pasan toda su vida trabajando para sus fieles de una manera honesta, digna y admirable.

Pero en cualquier caso, y retomando lo de los correos islamofóbicos, la verdad es que ya se siente uno agotado de contestar todos esos mensajes, buscando en la red los enlaces que desmontan punto por punto cada una de las falsedades vertidas en todos y cada uno de esos correos para facilitárselos a mis contactos. Y uno se pregunta… ¿A quién convienen ese tipo de E-mail? Pues fácil. Supongo que les sonará a ustedes -a menos que hayan estado hibernando estas últimas semanas en un iglú sin cobertura GSM y/o ADSL- el municipio catalán de Vic. Allí tienen un tal Anglada, que harto de presentarse por Fuerza Nueva en todas las elecciones posibles y no obtener jamás más votos que los de algún amiguete, cambió el discurso, se montó un partido de corte xenófobo y lleva ya unos añitos con sueldo de concejal pagado de los bolsillos de los contribuyentes, inmigrantes incluidos. ¿Significa eso que somos racistas?

Pues probablemente debajo de una fina capa de barniz que llevamos todos de serie al nacer y con el que se nos dota de la mínima ecuanimidad que se le debiera suponer a un ser racional, a poco que nos rasquen ese barniz nos sale una vena racista que tumba de espaldas, o si no les gusta el término racista, dejémoslo en clasista, que a ese cirujano egipcio que es una eminencia y que opera en la clínica donde las famosas se arreglan las tetas, a ése, todos, Anglada el primero, le llamamos de usted. Total, que todos esos correos actúan como decapante en aquéllos con barniz desgastado o poco consistente, y Anglada encantadísimo de la muerte, que después de toda una vida pregonando lo de Una Grande y Libre sin comerse un colín, ahora cobra de los presupuestos generales a costa de lo endeble de nuestro barniz, muchas veces con alegatos fundamentados en torno a bulos como los que les presentaba. ¿Cuántos de los votantes de Anglada habrán creído a pies juntillas que diez mil musulmanes se concentraron en Londres para declarar la guerra a muerte a Europa? Pues probablemente los mismos que se hayan tragado las bodas con niñas de nueve años y que los que creen que con un discurso más racista que el de Le Pen, un laborista ha llegado a primer ministro en Australia, y a todos éstos les podemos sumar todos los que se tragaron todo el pack de leyendas urbanas, ya legendarias, del tipo que el ayuntamiento regala carritos de bebé de primeras marcas a los inmigrantes marroquíes.

Y luego aparecen los que con vehemencia defienden posturas xenófobas –anteponiendo, eso sí, a su discurso un tajante “yo no soy racista”- justificándose en base al comportamiento de un inmigrante determinado que un día hizo tal o cual barbaridad. Por cada uno de ellos, un servidor se compromete a encontrarles seis o siete individuos patrios con la misma barbaridad, si no peor.

Por lo pronto, Vic, y detrás de ellos otros ayuntamientos, se proponen pasar una manita más de decapante, haciéndoles un guiño a los que ya no les queda casi barniz –a ver si le recuperan algún voto a los Anglada de turno- pretendiendo negarles el empadronamiento a algunos inmigrantes, quizás pensando que el que se juega la vida en una patera se va a quedar en su casita si se les pone esa traba, elucubrando ilusamente –o interesadamente, que sería infinitamente peor- que al campo y especialmente al hambre se le pueden poner puertas con el simple hecho de negar el empadronamiento a todo aquel que no tenga todos sus papeles en perfecto estado de revista.

Claro que nada de esto es de extrañar en un país en el que –la frase no es mía, se la tomo prestada a mi amiga Nieves Concostrina- se sabe más de la Esteban que de Felipe II.

Y así nos va…

miércoles, 13 de enero de 2010

God bless you please Mrs. Robinson

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en enero de 2010
.
.
¿Se puede ser a la misma vez una máquina sexual que se cepilla a todo lo que se le pone a tiro y presumir de religiosa devota?

Obviamente se puede, que se lo pregunten si no a Iris Robinson, esposa del Ministro Principal del Ulster; pero para ello es indispensable estar provisto de una doble moral del tamaño de siete plazas de toros y ser hipócrita del copón, amen de suscribir punto por punto -desde la exposición de motivos hasta las disposiciones derogatorias- la Ley del Embudo, y a su misma vez abonarse a la máxima que reza aquello de “Tú haz lo que yo diga, no lo que yo haga”.

Y es que Iris Robinson llevaba una doble vida: mientras que de cara a la galería estaba en todos los saraos evangelistas y se daba golpes de pecho presumiendo de ser una ejemplar cristiana de pro, de enaguas para adentro se cepillaba –que se sepa- a un padre, al hijo de éste luego, a un compañero de filas tan puritano como ella, se supone que también a su marido (aunque imagino que a éste sólo con fines de procreación como sugieren las Sagradas Escrituras) y –sospecho- a unos cuantos más (la cabra tira al monte) y, si damos por cierto que no hay dos sin tres, tampoco debiera haber seis o siete sin cuatro o cinco. No está mal para quien hasta sólo hace unas semanas pasaba por ser una devota y fanática cristiana, que apelaba a menudo a la Biblia a la hora de justificar su extremismo y el puritanismo de su talante.

Quede claro que a un servidor le parece fantástico que cualquier señora (o señor) dé a su cuerpo serrano cuánto gusto quiera y pueda, tanto como sus hechuras y su conciencia aguanten y, por supuesto, jamás se le ocurriría no ya criticar, si no tan sólo juzgar a nadie exclusivamente por su actividad sexual, por extensa y peculiar que ésta sea -obviamente siempre entendiéndola como consentida y entre adultos- pero lo que tiene su miga es que la susodicha, de pantys hacia fuera, haya siempre mantenido un discurso moralista y en extremo puritano, además de reaccionario y trasnochado y –tal y como ha quedado patente- más falso que un billete de ocho euros y, no contenta con ello, haya abusado de su condición de diputada y de su posición política –que es lo realmente grave del asunto- para favorecer a sus amantes (a uno de ellos, hijo de otro de los de su particular lista, le consiguió subvenciones y licencia para abrir un garito en Belfast) pasándose por el forro unos cuantos Mandamientos de la Ley de Dios, cometiendo -amén de alguna que otra irregularidad administrativa- unos cuantos pecados mortales, que para una puritana extremista eso debe ser de un grave que tira de espaldas.

En vez de aplicarse el dicho no digas nunca de esta agua no beberé, ni que este cura no es mi padre, dicha sujeta, en su carrera como política y como primera dama, ha vomitado declaraciones con auténtico veneno hacia los homosexuales, precisamente a causa de la conducta sexual de éstos contraria a la Biblia, llegando incluso a justificar la agresión a un gay alegando que la homosexualidad era una abominación, argumentando su afirmación apelando a ciertos versículos del Levítico. Si hubiese seguido leyendo unas cuantas líneas más abajo, hubiese comprobado con pánico que el mismo Levítico establece para quien tuviese cualquier otro ayuntamiento ilegítimo –y éstos son todos aquéllos habidos fuera del matrimonio, casualmente como los de la señora Iris- que “han de ser muertos y sobre ellos será su sangre”. Además, no incurrió la señora también en pederastria por un pelín, que el amante al que le montó el garito tenía entonces 19 añitos, es decir, cuarenta menos que ella (no sabe na la tipa) claro que ya lo dijo Jesús… enseñar al que no sabe.

También quiso participar doña Iris de la campaña para la presidencia estadounidense y, como no podía ser de otra manera, tomó partido por los republicanos, o, mejor dicho, contra Obama, y se dedicaba a poner de vuelta y media a Hillary Clinton con esta amable cita: "Ninguna mujer puede aceptar lo que ella toleró a su marido cuando era presidente. Sólo estaba pensando en el futuro de su propia carrera política". Y eso que lo del presidente Clinton con aquella estudiante de La Sorbona fue un spot de veinte segundos (quizá cuarenta) si lo comparamos con el peliculón de la señora Robinson.

El marido de Iris, o séase el ministro, que más que cristiano es un santo, sí la ha perdonado, al menos de puertas para fuera, que quizás ha sido el ministro listo como un alce, que diga como un lince y “sólo estaba pensando en el futuro de su propia carrera política" y perdonen ustedes la redundancia.

Y un servidor que creía que eso de ser una beata sesentona tenía que ser la mar de aburrido… Fíate tú de las beatas, que diría mi abuelo.

Y es que dime de lo que presumes…
.
.