jueves, 2 de octubre de 2008

Sin tetas no hay paraíso

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en Octubre de 2008
Garantizo a mis queridos reincidentes que jamás he visto la serie de marras, ni sé en el canal que la dan, ni sé de qué trata, ni quiénes son sus protagonistas, pero he de reconocerles que desde que escuchara el titulito de la serie, alguna vez he tenido la tentación de buscar en el Youtube algún vídeo de la serie para comprobar de qué paraíso y de qué tetas va el tema. Les confieso que hasta ahora he resistido la tentación y, seguramente de forma equivocada, me sigo imaginando la serie como un elenco de señoritas de generosas curvas, ligeritas de ropa a la mínima que tienen ocasión, que se dedican a retozar con mozalbetes depilados de buena cuna y mejor estampa. Si un servidor no ha acertado ni de lejos, ruego a mis queridos reincidentes que no lo saquen de su error, llevaría muy mal que se me giraran los esquemas de un día para otro y que dicha serie tratase sobre las dificultades de un grupo de comprometidos cirujanos que tienen que vérselas con indeseables nódulos y con laboriosas mastoplastias reconstructivas.

El lector que con espíritu crítico se esté diciendo que es muy poco serio escribir de algo de lo que no se tiene ni repajolera idea -por mucho que eso sea harto habitual entre columnistas, tertulianos y demás gente de mal vivir- quedará tranquilo cuando siga leyendo y compruebe que no es de la serie de lo que va a versar mi columna de esta semana, sino de lo real que suele resultar la afirmación del título en nuestra lucha cotidiana por la subsistencia contra bancos, empresas de telefonía móvil, compañías eléctricas, aseguradoras y demás negocios que tienen por objetivo final estrujarnos la cuenta corriente, anular nuestra voluntad y destrozar nuestros nervios.

Como todos los años, un servidor recibe en su casa una tarjeta de crédito que ha rechazado mil veces por teléfono y, año tras año, después de comprobar que pese a ser anunciada como gratuita a la que te descuidas te soplan comisión, ha de acudir a la entidad bancaria para anularla y, acto seguido, a suplicar que no la envíen más, cosa que no sirve absolutamente de nada pues al año siguiente, y tras rechazarla de nuevo por teléfono, aparecerá irremediablemente en el correo. Al entrar en el banco, se cruza con una amiga, rubia y de generoso busto –dicho sea de paso, pero tiene su importancia como ustedes podrán comprobar- que sale del mismo establecimiento.

-¡Miguel, cuánto tiempo! ¿Cómo tu por aquí?
- Pues mira, a ver si devuelvo esta tarjeta, que me la envían cada año sin pedirla. A ver si no me hacen esperar mucho.
- ¡Qué va! No hacen esperar nada. Yo he venido a lo mismo. Ese chaval tan simpático de la recepción se la queda, la hace trizas con unas tijeras, te hace un recibo, le firmas un papel y él mismo te tramita la baja.
- Pues menos mal, porque la última vez tuve que hacer media hora de cola en una de las mesas de los comerciales.
- Pues mira, se ve que ya no. Yo no he tardado ni tres minutos.

Y entra uno todo decidido hacia el chaval simpático de la recepción que, para mi sorpresa, no sonríe como suele hacer la gente simpática sino que masculla algo así como Gñeñeñe, que interpreto como “¿Qué quieres?”

- Verá, que traigo esta tarjeta para que me la den de baja, porque pese a que cuando me llamaron para ofrecérmela dije que no la quería, me la enviaron por correo y, ya que estoy aquí, quisiera saber si existe forma humana de que no me la vuelvan a enviar por quinto año consecutivo.
- Para eso tiene que ir usted a un comercial, siéntese en una de aquellas sillas y ya le llamarán.
- No me lo puede hacer usted?
- No –muy serio el tío-.
- ¿Seguro?
- Segurísimo –se pone más serio aún-. Ha de esperar a que le atienda un comercial. Yo no puedo tramitar eso.
- Y si no puedes tramitarlo… ¿Porqué se lo has tramitado a la rubia de las tetas grandes que se acaba de ir?

El tío simpático –con las rubias, que no con los maduritos medio calvos- se pone colorado, se gira, rebusca papeles y responde que no le quedan formularios de recogida, que tendré que esperar a que me atienda un comercial o volver otro día.

- Vamos a hacer otra cosa, se la daré a alguna amiga con muchas tetas y así la puedes atender tú, ¿vale? Muchas gracias y adiós muy buenas, so sátiro.

Y sale un servidor, con su tarjeta sin anular, juramentando en arameo, especulando sobre la ubicación anatómica de la única neurona del presunto simpático, a todas luces situada por debajo de la cintura y por encima de los muslos.

Pocos días después, cita en la ITV para llevar el coche. Un operario con cara de vinagre no dice ni mu en todo el recorrido. Al llegar al final, bajo del coche para ir a buscar la documentación.

- Tiene descompensado el freno trasero. Le frena más una rueda que la otra. Tendrá que volver nuevamente antes de quince días o deberá abonar nuevamente la tasa. Inspección desfavorable.

Sale un servidor con una mezcla entre fastidio y alivio. Fastidio por el inconveniente que le va a suponer llevar el coche al taller y volver otro día. Alivio por saber que quizás le hayan detectado una avería en los frenos antes de que pasara nada.

Llegando al taller y enseñándole el papel de la ITV al mecánico.

- ¡¡Uff!! Me pillas fatal de faena, tráemelo mañana a primera hora, machote.

Al día siguiente.

- Joer, lo pejigueras que son los de la ITV, mira esto, Miguel.

El mecánico me muestra un relojito cuadrado con una aguja que, en vez de marcar en el centro, marca unos milímetros a la derecha.

- Si está casi perfecto, leche. Si no hay coche que salga ajustado al cien por cien de fábrica. Vaya manera de tocar las narices estos de la ITV. Desde luego que es un saca cuartos de órdago. Espera que en dos minutos te lo ajusto.

El mecánico se mete debajo del elevador con una llave, trastea dos minutos sobre una tuerca, se sacude las manos, me manda a la oficina -30 euros- y vuelvo a la ITV donde tras casi una hora de cola me toca el mismo soso del día anterior.

- Perfecto. Ahora sí.

Sello con la ITV pasada y al salir me encuentro –ya es casualidad- con la rubia del banco.

- ¡Hombre, Miguel! Meses sin vernos y en una semana dos veces. ¿Qué tal?
- Ya ves, que traje ayer el coche y he tenido que volver hoy porque no sé qué le pasaba al freno.
- Pues hace unos años, trajo el coche mi marido y le marcaron una deficiencia leve en los amortiguadores. Claro, tanto arrastrar la caravana… Pero desde que lo traigo yo, y con ésta ya van dos veces, no me han vuelto a decir nada, y eso que no cambiamos los amortiguadores por si colaba ¿eh? Eso debe ser según quien te atienda. Los habrá más estrictos, los habrá menos… Yo debo tener suerte porque siempre me atienden chavales muy simpáticos –señalando al soso que me acababa de atender- ése de ahí es un encanto. Más amable el chico… Y más servicial… Que hasta me ha entrado él el coche en la rampa de las barandas porque a mí me daba susto.

Huelgan los comentarios. O, mejor dicho, hagan los comentarios que crean convenientes. Les sugiero que los hagan sobre la ubicación anatómica de las neuronas en el género masculino. Seguro que coincidimos todos para nuestra vergüenza.

Obviamente –aunque nos pese- sin tetas no hay paraíso.

jueves, 25 de septiembre de 2008

A líneas revueltas...

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en septiembre de 2008
Destacaba en mi nostálgica columna de la semana anterior, aquellas apacibles tardes de antaño, anteriores a cuando las compañías telefónicas empezaron a fulminar nuestra intimidad y nuestras siestas a golpe de timbrazo para ofrecernos las más generosas ofertas a condición que nos pasásemos al lado oscuro de la línea y cambiásemos de operador telefónico. Un servidor cayó hace años en los cantos de sirena -o quizás debiera decir telaraña, habida cuenta del calvario que le supuso tramitar la baja- de Orange, entonces Wanadoo, en los tiempos de la génesis de las nuevas compañías de telecomunicaciones, y salió escaldado pagando por servicios que no recibió, y cotizando dos meses en los que no disfrutó de línea bajo la amenaza de incluirlo en la lista de los más buscados del FBI, o quizás fuera en otra similar pero más peligrosa, en la que se entra con facilidad pero de la que se necesita de la ayuda de los GOES –entonces GEOS- para que lo borren a uno. Desde entonces, un servidor se ha jurado no moverse de Telefónica -pese a las jugarretas que le han gastado y de las cuales ustedes han sido puntualmente advertidos en estas páginas- y por aquello de que más vale loco conocido, sigue en su convicción de no cambiarse de compañía hasta que encuentre una barbería, una ferretería o cualquier otro negocio gobernado por gente honesta y cerca de casa para ir a dar la murga cuando algo no funcione, que sea capaz de garantizarme que si descuelgo el teléfono tendré línea, y que cuando le diga a este ordenador que conecte a Internet, obedezca sin peros ni excusas.

Así, cuando día sí día también un servidor conocía de los dislates y despropósitos a los que las diversas empresas de comunicación sometían a casi todos sus amiguetes, se creía a salvo de desconexiones telefónicas, usurpaciones telemáticas, facturas duplicadas y demás choriceo inmisericorde relacionado con las transmisiones de voz y de datos. Y empleaba hasta aquí el tiempo pretérito, porque hoy, después de que en mi círculo cercano se hayan producido varios expolios a traición de datos y líneas, este que les escribe se siente igual de indefenso que se sentiría un perro rodeado de una manifestación -no autorizada, que son más peligrosas- de pulgas hambrientas, sabiendo que es cuestión de tiempo que una u otra compañía se le eche a la yugular y le chupe a traición la sangre. Les cuento.

Llamada telefónica de un amigo que, además, vive en la calle de al lado:


- Oye tío. ¿Te funciona Internet?
- Espera que lo miro. Sí. Aquí sí va.
- Jo, pues aquí no. Pensé que serían las cuatro gotas que han caído, como la última vez. Voy a llamar a Timofónica –textual en la conversación- a ver qué es lo que se les ha roto ahora.
- Será poca cosa porque yo sí tengo conexión. Lenta, pero tengo. Venga, que sea leve.
- Luego te cuento.

Veinte minutos más tarde:

- ¿Qué pasa Manolo? -ventajas del servicio de identificación de llamadas por las que Telefónica ya cobra- ¿Qué se les ha roto esta vez? ¿La junta de la trócola de algún cable?
- Calla, calla, que dicen que me han dado de baja porque me he cambiado de compañía.
- ¿Y te has cambiado?
- Qué co(piiiiip) me voy a cambiar. Dicen el día 18 me di de alta en otra compañía y yo el día 18 no estaba ni en España. Y les pregunto que en qué compañía se supone que estoy ahora, y me contestan que no saben, que sólo les consta que me han portabilizado. ¿Tiene o no tiene co(piiiiiiiiip) la cosa?
- Sin duda los tiene. ¿Y ahora qué?
- Pues nada, que tendré que ir llamando a todas las compañías a ver cuál es, pero como no tengo Internet no sé dónde buscar los números.
- Espera, que te los busco yo y te los paso. Empezaremos por Orange, que son los más pesados y seguiremos con Ya punto Com, que me quisieron colar una parecida a la tuya hace unos meses (Véanlo en la edición 297 de esta misma publicación).

Y así, un servidor que sí tiene Internet - y toca madera- busca en los diferentes espacios Web y le facilita a su amigo Manolo los números de atención al cliente de todas las empresas de comunicación que se le vienen a la cabeza.

Se olvida del tema y al día siguiente en el trabajo se encuentra con un compañero al que le ha sucedido más o menos lo mismo, y a otra compañera a la que le han cobrado tres euros de “roamning” por una llamada recibida desde Andorra, como si ella se hubiese encontrando en el extranjero, habiendo recibido la comunicación mientras estaba en casa, con los rulos puestos, planchando la ropa, recordando incluso el contenido: “Niña, que no hay LM Light. ¿Te traigo del normal, o te compro otra marca de pitillos?”. Ambos subiéndose por las paredes porque los distintos servicios de atención telefónica no sólo no le solucionan el problema, sino que, encima, los llaman mentirosos dudando que el primero no haya solicitado realmente el cambio de compañía y que la segunda se encontrase efectivamente en el cuarto de la plancha con la bata y los rulos, y no de compras por Andorra.

Manolo, que sigue sin desfacer el misterio, sabe al menos que ha sido Orange quien le ha captado como cliente, quienes afirman tener una grabación que demuestra que, desde su teléfono, se ha solicitado el cambio, grabación que se niegan a mostrarle alegando una presunta confidencialidad en los datos (¿Confidencialidad en los datos las compañías telefónicas? Me parto de la risa), por mucho que Manolo dispone de los billetes de avión y los talones de hotel que demuestran que en el día en el que supuestamente se hizo la llamada solicitando el cambio, tanto él, como toda su familia se encontraban en el extranjero. En Disneyland Paris, para más señas. Telefónica no sabe/no contesta y para causar baja en Orange y retornar a Telefónica, le solicitan más papeles que para una hipoteca. Mientras, sigue sin ADSL y dándose paseos arriba y abajo cual precio del barril de Brentz. Ora en la Oficina del Consumidor, ora a Correos a poner un fax, ora a la agencia de viajes a recoger duplicados de los billetes.

Picándole a uno la curiosidad, teclea en Google “baja Telefónica” + “sin consentimiento” y encuentra docenas y docenas de entradas en las que multitud de clientes, se quejan amargamente de que Orange -la mayoría- y Ya punto Com –otro buen puñado- les han “portabilizado” a la fuerza, a traición y sin que mediara ni solicitud ni consentimiento, lo que les ha supuesto a no pocos clientes –encima-, el pago de indemnizaciones por incumplimiento de contrato con las operadoras primitivas. Ante esto, Telefónica, se lava las manos como Sócrates. (Aquéllos de mis queridos reincidentes que estén pensando que confundo Sócrates con Pilatos, decirles que no, que existe abundante documentación al respecto que constata que Sócrates se lavaba las manos varias veces al día, la mayoría durante las comidas, pues al no usar cubiertos se las lavaba diligentemente entre plato y plato).

Y uno, que cuando tiene tiempo gusta de darle la murga a Telefónica, y que, además, se queda del revés si se imagina de la noche a la mañana sin Internet con el que hacerles llegar mis artículos de manera puntual semana a semana, se le ocurre llamar al 1004 de Telefónica para preguntar si existe forma humana de protegerse de los ladrones de líneas y de contratos, y una tal Beatriz, muy simpática, y con la que he conseguido hablar después de varios intentos de que una grabación me entendiera, no se sorprende en absoluto de mi petición, y me informa de que enviando un fax al 900 21 03 23, con una fotocopia del DNI, y añadiendo un texto solicitando que se deniegue toda portabilidad sin mi expreso consentimiento por escrito, nadie podrá -al menos en teoría- deshacer a mis espaldas mis vínculos contractuales. Por probar no se pierde nada, se dice un servidor, aunque ahora, que acabo de hablar de nuevo con Manolo, me comenta que solicitó lo mismo y que le han contado otra cosa totalmente distinta, o sea que váyanse ustedes a saber...

Manolo ha denunciado ante la OCU a Orange. Mis otros dos compañeros han hecho lo propio, respectivamente, con Ya punto com y con Vodafone, y si se dan un garbeo por Google preguntándole por “quejas a compañías telefónicas” comprobaran cómo ninguna compañía pasaría la prueba del algodón y la que más y la que menos acumula denuncias como para alicatar tres veces todos los baños de la Preysler, pero en cualquier caso, lo que está claro, clarísimo, es que a líneas revueltas ganancia de operadores.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Nostalgia

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en septiembre de 2008
El tono nostálgico que va a desprender mi columna de esta semana, se lo deben mis queridos reincidentes a mi traumatólogo, quien tras diagnosticarme una pequeña lesión fruto de –según él- excesos en la práctica deportiva, tuvo el detalle de ubicarme en el espacio/tiempo con un “Recuerda que ya no tienes veinte años”. Le di las gracias porque uno es educado, por mucho que el cuerpo me pidiera resarcirme haciendo comentarios sobre su prominente calva -mucho más prominente que la mía- que no en vano somos de la misma quinta y compartimos aula y pupitre durante varios años.

Y es que desde que ya hace unos años que hace veinte años que tengo veinte años, que diría mi paisano Serrat, me asalta a menudo una sensación de nostalgia que, si bien no es difícil de explicar, sí es difícil de entender; porque echo de menos una serie de objetos, situaciones y sensaciones, que el progreso y la técnica se han encargado de superar, pero pese a lo cual, un servidor no puede evitar añorarse.

¿Nadie echa en falta el responder a una llamada de teléfono, sin tener que perseguirlo con el oído hasta encontrar dónde lo ha dejado, o disfrutando de la deliciosa incertidumbre de ignorar quién llama? Y ya no les digo la nostalgia con la que uno recuerda cuando lo llamaban siempre personas conocidas para contarle algo, y no los pesados de Orange queriéndonos colocar el ADSL a no sé cuántos megas a la hora de la siesta.

¿Acaso no tenía su aquél, intentar ubicar mentalmente la cabina de teléfonos más cercana cuando, estando en la calle, nos acuciaba la necesidad de realizar una llamada importante?

¿Por qué recordaré con nostalgia aquellos viajes veraniegos desde Barcelona a Almería haciendo noche en Alicante, en un utilitario –obviamente sin aire acondicionado- donde nos enlatábamos cinco personas, cuando ahora puede hacerse el trayecto en siete horas, mucho más cómodamente y con mayor seguridad? Sí es más comprensible añorar el precio del combustible en aquel tiempo, cuando el litro de súper costaba diez pesetas y con tres billetes de Julio Romero y su morena, el padre de un servidor llenaba hasta arriba el depósito de aquel “cinco plazas con nervio”, y, encima, le devolvían cambio.

También se entiende mejor el hecho de sentir nostalgia de la televisión en blanco y negro, pues la programación de entonces, ni ofendía a la inteligencia del televidente, ni daba para discusiones del tipo “Yo quiero ver esto. No, que yo quiero ver lo otro”. Tampoco es que complicara mucho el tema la llegada del UHF, porque el zapping y las discusiones inherentes a éste no fueron consecuencia de la aparición de más cadenas, sino de la llegada del mando a distancia. ¿Se imaginan hoy una tele sin mando?

O el delicioso sonido de freír huevos que precedía a todas las canciones de aquellos discos de vinilo que uno compraba tras pasar un buen rato en las tiendas de discos eligiéndolos.

O la ilusión de que a uno, siendo un crío, le compraran un Bic de cuatro colores, o un Inoxcrom metálico si ya había demostrado la suficiente responsabilidad como para no perderlo al segundo día. O aquel pan con chocolate de los recreos...


Y no me negarán mis queridos reincidentes que no cuesta de entender que hoy, que un servidor ni recuerda la última vez que utilizó una cabina telefónica porque su móvil, además de sonar con sus melodías preferidas, es capaz de recordarle de que en quince minutos tiene una reunión con Fulanito porque se lo ha chivado la agenda de un ordenador que se encuentra en otro municipio, que se desplaza en un vehículo con un montón de airbags que hasta le guía por dónde ha de ir, que pone la tele y tiene decenas de canales entre los que escoger, que se olvida sin importarle demasiado bolígrafos en todas partes, que en sus “recreos” viene un camarero a preguntarle qué va a ser... Y aún así, éste que les escribe siente nostalgia del timbrazo estridente de aquellos teléfonos, del sonido a cascajo del Simca 1000, de los Chiripitifláuticos y de los Hermanos Mala Sombra en blanco y negro, del Bic de cuatro colores, del pan con chocolate y de sus discos de Los Beatles o Supertramp.

¿Concluimos con que todo tiempo pasado fue mejor? Evidentemente no. Lo que un servidor echa de menos no son esencialmente aquellos objetos. Lo que en realidad le produce tal nostalgia es que ya hace unos años que hace veinte años que tiene veinte años. Bien se podría haber ahorrado mi médico el comentario…

jueves, 11 de septiembre de 2008

Caso Mari Luz. No son los jueces el problema

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en septiembre de 2008


Escribía en estas mismas páginas el pasado mes de abril, que si el inaceptable error judicial que propició que el asesino de Mari Luz estuviese en la calle cuando no debía, no ponía de patitas en la calle a alguno de los que cobra un sueldazo a cargo de los Presupuestos Generales del Estado, había para montar la Marimorena. Pues, visto lo visto, habrá que montarla, porque desde luego que cuando un servidor se refería a ese “alguno” -cualquiera que conozca mínimamente el funcionamiento de la Justicia en España o que sepa lo que cobra un magistrado ya lo habría deducido entonces- no se estaba refiriendo, ni de coña, al juez Rafael Tirado.

Parece ser que los mil quinientos euros con los que dicho magistrado ha sido multado, saben a poco a la opinión pública, habiendo llegado a afirmar algún tertuliano televisivo iluminado, que ése es el precio que se le da a la vida de Mari Luz, como si hubiese sido el juez quien la asesinara. Evidentemente sobre el juzgado de ese señor recaía la responsabilidad de ejecutar esa sentencia. Sí, de ésa y de de los cientos –cuando no miles- de procedimientos y de sentencias que, como en todos los juzgados, se apilan sobre las mesas de los funcionarios -muchas veces interinos y no pocas sin formación jurídica suficiente- pendientes de instruir, redactar y ejecutar. A día de hoy, entre esas decenas de miles de sentencias sin ejecutar, se encuentran muchísimos casos que podrían acabar como éste y ante los cuales, los jueces pueden hacer poco más que, impotentes, cruzar los dedos y tocar madera para que ocurra en el juzgado de enfrente y no en el propio. Cuando en todos los juzgados –porque es en todos- se acumula tamaño cartapacio de casos pendientes, quizás no sean los jueces los responsables y quizás haya que buscar mucho más arriba para determinar el “alguno” a que un servidor se refería y que, probablemente, no acabe de patitas en la calle, sino instando a la Fiscalía a que recurra la decisión de la Comisión Disciplinaria del Consejo General del Poder Judicial, por mucho que sepa –o debiera saber- que no hay más cera que la que arde.

Les podría contar casos de magistrados que se van el viernes de su juzgado con una troíler cargada de expedientes para redactar las sentencias en su casa durante el fin de semana, porque no les alcanza el tiempo para hacerlo en su horario de trabajo entre juicio y juicio, de otros cuya más inmediata aspiración profesional, no es ya la de un ascenso en el escalafón judicial, sino la de conseguir el traslado a un juzgado de nueva creación donde no haya que responder porqué no se han ejecutado cientos de sentencias que ya se apilaban en la mesa años antes de que tomara posesión como titular de ese juzgado, de juzgados cuyo el noventa por ciento del personal es interino, donde los ordenadores parecen comprados en un anticuario y donde el archivo se extiende por los pasillos hasta el cuarto de baño. Un sistema informático a la altura del siglo XXI bastaría para evitar muchos de los nuevos casos Mari Luz que irremediablemente se producirán y, convendrán ustedes conmigo en que, evidentemente, no depende de jueces y magistrados la adquisición e instalación de este tipo de soluciones, que no es más que una de las numerosísimas reformas que nuestro sistema reclama a gritos.

Por su parte, los que podrían tomar medidas para disminuir el colapso judicial, lo hacen aportando soluciones imaginativas, como la de añadir nuevos delitos a nuestro ya atiborrado Código Penal, como el delito de conducir sin permiso de conducción y determinados excesos de velocidad, o como bajarse películas del Emule. Ojo al dato. En el Partido Judicial donde reside un servidor, según leo en la prensa, la entrada en vigor de esos nuevos delitos contra la seguridad del tráfico van a suponer, anualmente, dos mil casos nuevos para los juzgados de la zona. ¿Saben cuántos nuevos funcionarios han sido incorporados a las plantillas de esos juzgados? Cero, según el mismo periódico. ¿Les sorprende? Si la respuesta es sí, es que desconocen el funcionamiento de la Administración.

Si ya de por sí sería cuestionable la judicialización y el traslado a la vía penal de toda conducta que suponga un problema a la sociedad -hecho que da al traste con el principio de subsidiariedad penal o última ratio (si la protección del conjunto de la sociedad puede producirse con medios menos lesivos que los del Derecho Penal habrá que prescindir de la tutela penal y utilizar el medio que con igual efectividad, sea menos grave y contundente) lo que ya no tiene ni pies ni cabeza es que, encima, no se dote a las distintas administraciones de los medios necesarios para dar tratamiento a todo el volumen de trabajo añadido que esa nueva situación comporta. Como ocurriría en una factoría en la que se incrementara el volumen de producción sin adquirir nueva maquinaria, los expedientes se acumulan en las estanterías de los juzgados como se acumularían la materia prima, pendiente de procesar, en los almacenes de la fábrica.

Ítem más. La ausencia de mecanismos de mediación eficaces en los conflictos privados, propician que acaben en los juzgados auténticas gilipolleces –disculpen el vocablo, pero no tiene otro nombre- como la de la señora que acusa a su vecina de utilizar magia negra para que se le mueran las plantas –no se rían, es real como la vida misma y un juzgado deberá entender sobre si hubo o no hubo magia-, o el que denuncia que la hiedra de la casa de al lado le invade el jardín… y toda esa multitud de pequeños conflictos vecinales que echan más leña al fuego de los juzgados de instrucción porque no existen instancias eficaces que los resuelvan, o la inexistencia de tribunales específicos de lo Rosa Contencioso Famosil, que se dediquen a dirimir si fue cierto que la Obregón llamó gorda a la que insinuó que la silicona no se la pusieron, sino que se la tiraron desde lejos y donde cayó quedó, y todas esas estupideces que debieran ser tratadas al margen de la Justicia para que ésta pudiera ocuparse íntegra y exclusivamente de los asuntos realmente importantes.

Y si alguno de mis queridos reincidentes extrae que la finalidad de esta columna es la de defender al juez del caso Mari Luz se equivoca de todas todas, que bien sabrá él solito defenderse. Los realmente indefensos son los usuarios de la justicia, que somos los que, en definitiva, nos vemos perjudicados por un sistema judicial anclado –siendo benévolos- en el siglo pasado. La vergüenza no es que al juez Tirado lo sancionen con mil quinientos euros. La vergüenza es que tendremos más casos como el de Mari Luz. Y los tendríamos aunque pusieran de patitas en la calle al juez Tirado y a todos los funcionarios de su juzgado. Porque no son los jueces el problema.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Ese misterio llamado “Economía”

Artículo publicado en "Vistazo a la Prensa" en septiembre de 2008


Repetidamente, desde éstas y otras páginas, un servidor de ustedes ha rajado sin conmiseración alguna sobre nuestro sistema educativo, defendiendo que cuando los de mi generación estudiábamos, se nos exigía muchísimo más de lo que se les exige a las generaciones actuales, y que aquella exigencia hizo que nos dotáramos de una culturilla de la que los chavales de hoy andan más bien escasos. Recordarán mis queridos reincidentes aquel artículo donde les comentaba un programa de televisión en el que unos adolescentes, estudiantes de ESO, ignoraban quién había escrito El Quijote, o aquel otro en el que les comentaba el experimento doméstico de preguntar a estudiantes de básica qué era El Pisuerga, u otro más reciente en el que quien les escribe acabó atacado de los nervios tras asistir a unas oposiciones donde licenciados no eran capaces de ubicar el Coliseo. Si recuerdan éste último, les comentaba también las conversaciones con amigos sobre el tema, y cómo alguno de ellos restaba importancia a estos hechos, considerando que no es que tuviesen menos cultura, sino que su cultura era diferente, menos enfocada a la memoria y más dirigida a dotarse de las técnicas que les permitieran adquirir los conocimientos a medida que los fuesen necesitando, acercándolos a las nuevas tecnologías y preparándolos para obtener los datos que su curiosidad o su necesidad les solicitara.

Y, al menos en parte, creo que no le falta razón, porque estos días anda uno ciertamente confuso intentando comprender las reacciones de la economía y cómo ésta afecta a nuestro comportamiento diario, y es entonces cuando uno echa en falta la asignatura de Economía que algunos de los adolescentes de nuestros institutos de secundaria tiene la posibilidad de estudiar, imaginando que quizás, de haber recibido clases de Economía en sus años mozos, un servidor ahora no estaría, día sí, día también, dándole la murga a su sabio amigo Google preguntándole qué narices es un “interés tipo Flat”, o para qué demonios sirve un “Fondo Paraguas”. En cualquier caso, les confieso que una vez leídas las explicaciones encontradas por la red, no siempre le queda a uno claro el concepto. Vean si no la definición que un diccionario financiero “on line” atribuye al susodicho Fondo Paraguas: “Fondo de inversión compuesto por varios subfondos. Ofrece al partícipe la posibilidad de moverse por esos subfondos sin generar nuevos gastos, es decir, sin abonar comisiones de cancelación o suscripción, y sin tener que tributar por las plusvalías del subfondo que se abandona para entrar en otro”. Y digo yo ¿Qué es moverse por un subfondo? ¿Alguno de ustedes se ha movido alguna vez por uno? ¿Se hunde si se pisa? Y si se hunde… ¿se convierte en un infrafondo?

Pero no es necesario recurrir a complejos conceptos y logarítmicas definiciones para darse uno cuenta de que esto de comprender los entresijos de la economía no está al alcance de cualquiera porque según parece, estamos en crisis y la economía está fatal. Entonces, si esto es así, cómo se explican las caravanas que éste que les escribe se ha tenido que tragar cada vez que ha decidido ir a la playa este verano. Se supone que si la economía está tan mal, la gente contiene el gasto. ¿O no? ¿Dónde estaba la gente este agosto? Porque, como cada año, en la mayoría de ciudades no ha quedado ni el gato. Pues si hacemos caso a lo que leemos y a lo que nos dicen deberemos concluir que andaba todo quisque economizando, desde luego.

Experimento sociológico doméstico. ¿Salimos a cenar? Venga, que me han hablado de un restaurante que dicen que tal y que pascual , que si esto y que si lo otro.

El primero:

-Es que a estas horas, si no ha reservado mesa el señor…
- ¿El Señor? ¿Qué Señor?
- Usted, caballero.
- ¡Ah! Yo… sí, claro. Disculpe. Pero oiga… ¿No notan ustedes la crisis?
- ¡Uffff! Muchísimo.
- Pues antes de la crisis, pillar aquí una mesa debería de ser Troya, ¿no?
- Bueno, no… los sábados… ya se sabe… la gente sale a cenar…

El segundo:

-Si se quieren tomar una cervecita en la barra, calculo que en tres cuartitos de hora quedará libre alguna mesa.
-Gracias, pero mi estómago no aguantaría tanto.
-Les puedo poner unos cacahuetes.
-¿Y no nos podría poner una sopita de pescado y unos filetitos en la barra?
Fue que no.


Tres o cuatro restaurantes después, desisto. Llamada telefónica.

-Telepizza, ¿Qué desea?

Cada vez que en Telepizza me hacen la preguntita de marras, les confieso que lo que me pide el cuerpo es decir: “Una bolsa de magdalenas y kilo y medio de pistachos” a ver qué me dicen, pero siempre me acabo conteniendo y sólo les suelto lo de:

-Pues quizás le sorprenda, pero hoy creo que voy a pedir unas pizzas. (les ahorro diálogo sobre ingredientes, ofertas dos por uno y alitas de pollo en promoción)
-A ver… Andamos algo liadillos de faena, pero calculo que en una hora o así le llegará, si eso.
-Si eso ¿qué?
-Pues eso, que en una hora o así le llega.
-¿Y no puede ser antes?
-Me temo que no.
-Pues mire, déjelo. Otra vez será porque ya he empezado a comerme el cable del teléfono…

Noticia en todos los periódicos: La venta de vehículos ha descendido un mogollocientos por cien este año. ¿Alguno de ustedes ha intentado comprar un coche últimamente? Tiempos de entrega de diversos concesionarios: Audi, según modelo entre cuatro y seis meses. Nissan, según modelos entre tres y ocho –sí, han leído usted bien, ocho- meses. Chrysler/Jeep/Dodge entre mes y medio y cuatro meses, claro que si quiere éste verde oliva metalizado, con tapicería de cuero blanco que ya tenemos matriculado, se lo puede llevar mañana mismo… Del resto de marcas, de lunes a martes… ¿Motivo? Mucha demanda -o al menos eso fue lo que repitieron en más de tres a un servidor- “este coche se está vendiendo como churros”. O que los sistemas de producción –me contaba otro, éste con bata blanca- intentan converger al máximo con las expectativas de venta que no siempre son exactas. Que, digo yo, debe ser algo así como tú dime qué coche quieres y cómo lo quieres, yo lo encargo y cuando te lo hayan fabricado te pasas por él. O lo que es lo mismo, que si necesitas un coche con urgencia porque te has quedado sin, vete a buscar uno de segunda mano o quédate el verde oliva metalizado con tapicería blanca, que no se ensucia tanto como dicen y te regalan las alfombras y los triángulos. Economía de producción, creo que se llama.

Aunque lo que de veras me trae del todo desconcertado es lo del precio del dólar. Por lo visto si sube, malo, porque nuestras importaciones se ven afectadas, así como el precio del crudo que cotiza en dólares, mientras que si baja, malo también porque entonces lo que se resienten son nuestras exportaciones que pierden competitividad y, en cualquier caso, sube el petróleo de nuevo, y, por consiguiente, los carburantes y el transporte, y, consecuentemente, el precio final de los productos.

Que se le inflama el flemón al Jeque tal de Arabia, diez dólares más el barril de Brent y diez céntimos más el litro de súper. Cuando, hábilmente tratado el jeque con penicilina semisintética -de amplio espectro sobre los microorganismos gram positivos y gram negativos- le desaparece el flemón, el crudo baja los diez dólares, la gasolina baja céntimo y medio y la barra de pan, que también subió como consecuencia de la subida del crudo se mantiene si es que no vuelve a subir. Vaya pedazo de Mercedes que se ha comprado –se lo juro- mi panadero. A él sí le debe ir bien la economía .

Ruego a mis queridos reincidentes disculpen mi ignorancia sobre el tema, y, yo no sé ustedes, pero un servidor alberga la sospecha de que en esto de la economía no nos lo han explicado todo, que, como poco, faltaría añadir a los complejísimos diccionarios económicos y financieros, terminología mucho más empírica: El que tiene padrino se bautiza, dime con quién andas y te diré quién eres, a perro flaco todo son pulgas, dame pan y dime tonto, tanto tienes tanto vales. ¿No se entiende mucho mejor así?

miércoles, 27 de agosto de 2008

Hacer -o no hacer- lo que toca

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa y agosto de 2008
Andaba quien les escribe paseando a su perrita, cuando reparó en la presencia de un chaval, de unos diecisiete o dieciocho años, con los auriculares de su mp3 a volumen solidario –para que lo escuchara todo el barrio-, también paseando a un chucho. Me llamó la atención una especie de bolsito con forma de hueso que llevaba colgado del asa de la correa con el que el perro iba sujeto, y de la que sobresalía una bolsita de plástico para recoger las deposiciones del animal. Un servidor consideró muy práctico el ingenio portabolsas, habida cuenta de las ocasiones en las que, en ausencia de kleenex o de la socorrida bolsa de Mercadona doblada en el bolsillo por si se diera el caso de deyección imprevista, este columnista ha tenido que improvisar algo con lo que recoger las cacas de su perrita, ora con hojas de árboles, ora con el papel resultante de destrozar el paquete de tabaco –con el consiguiente desbarajuste de cigarrillos sueltos por los bolsillos de la camisa-, ora con el concurso de varias tarjetas de visita, hábilmente dobladas y dispuestas para formar un recogedor de emergencia, y todo tipo de cachivaches artesanales que los humanos fabricamos de forma espontánea cuando nos vemos en semejante apuro.

Pasó por la cabeza de un servidor preguntarle al chaval –por mor de esa complicidad que se genera entre los paseantes de perros- dónde había adquirido tal artilugio, pero frené en seco la idea al ver que el animal aproximaba al suelo sus cuartos traseros y procedía a evacuar lo que en otro tiempo fuera pienso perruno, por lo que cejé en mi intención de preguntar por aquello de no cortarle el rollo fisiológico al chucho. Tras siete u ocho segundos de apretón canino, ambos prosiguieron su camino sin detenerse a recoger la caca.

- Perdona, chaval –le indiqué-. Te olvidas de recoger la caca.

Me miró de arriba abajo y, sin mediar palabra, escupió al suelo, giró sobre sus talones y, acto seguido, los dos animales -el perro y el cerdo- deshicieron lo andado y traspusieron rumbo a la esquina, camino de su cochinera.

Les mentiría si les dijera que encajé el desaire y el desafío con resignación, pues lo que le pedía el cuerpo a un servidor era agarrar por la oreja al niñato y tironeársela hasta restregarle los hocicos sobre la deposición de su perro, sin otra intención –Dios me libre- que la pedagógica de recordarle su obligación cívica y legal de retirar de la vía pública lo que su perro evacuaba, pero tras contar hasta diez y repetirme compulsivamente lo de “ataraxia, Miguel, ataraxia”, conseguí aparentar cierta imperturbabilidad, le solté un “felicidades, chaval: tus padres estarán orgullosísimos de ti”, y logré circunscribir para mis adentros los gruesos calificativos dedicados al más alto de los dos animales, a su padre, a su madre, e incluso a toda su ascendencia difunta. En cualquier caso, gorrino y chucho siguieron su ruta sin girarse y sin mostrarse aludidos por mi irónica felicitación.

De vuelta a casa, pasé todo el camino recriminándome no haber hecho lo suficiente, diseñando la actuación perfecta encaminada a que al niñato le hubiera quedado claro que no cumplir con sus obligaciones le ocasiona consecuencias. Podría haberle amenazado con llamar a la policía si no recogía lo que debía, pero él podría haberse ido antes de que llegaran los guardias, en cuyo caso me hubiese obligado a retenerlo –no tenía media bofetada- y en esa situación haber llegado a un enfrentamiento físico a todas luces desproporcionado en relación a la falta cometida; o podría haber facilitado la descripción de chucho y amo a la policía por teléfono; o podría haberlo seguido hasta su casa, lo que pudiera haber ocasionado un enfrentamiento con él, o quién sabe si con sus padres; o podría haber hecho un discreto seguimiento a cierta distancia para, una vez verificado el domicilio, volver al lugar de la deyección, recogerla con la bolsa de Mercadona –ésta vez sí la llevaba- y dejársela en el buzón con una notita: “Esto es de su perro. Hoy lo he recogido yo. Otro día, por favor, hágalo usted”, a ver si de esta manera el chaval se llevaba, al menos, una regañina; pues se supone que si lleva colgado de la cadena el chisme dispensador de bolsas, es porque alguien en su unidad familiar sí las recoge.

Y es entonces cuando a uno le viene a la cabeza el pobre Jesús Neira, que se debate entre la vida y la muerte por ayudar a una mujer que estaba siendo maltratada por su pareja, o José Luis Pérez Barroso, el señor de Esparraguera que murió tras ser golpeado por tres menores a los que, según parece, recriminó alguna gamberrada.

Y no es que fuera el miedo lo que impidió que un servidor no fuese más allá con el cochino del perro, que ya les digo que aquel criajo era un alfeñique que no tenía ni media guantada, fue la comodidad de no implicarse en las responsabilidades de otros, la pereza de sacar el móvil y llamar a la policía, la fatiga de pensar en tener que relatar por teléfono lo que había ocurrido, el imaginar que suficiente trabajo tendría la poli con cosas realmente importantes como para darles más faena con minucias y la desgana de entrar en un previsible enfrentamiento… Excusas, en definitiva.

Total, que el que no recogió la caca se fue a su casa tan pancho mientras que un servidor se llevó toda la mañana dándole a la cabeza por lo que hizo el chaval y por lo que no hizo quien les escribe.

Desde luego que si servidor de ustedes vuelve a ver por el barrio a ese niñato paseando al perro, pienso seguirlo, esperar a que el animal haga sus cosas y ocuparme de que su amo las recoja, aunque me cueste perder media mañana y alguna que otra complicación, porque, si no, como me está ocurriendo ahora, me lo voy a estar reprochando durante todo el día. Además, se lo debo –se lo debemos todos- a Jesús Neira y a José Luís Barroso. Suerte al primero y mis condolencias a los seres queridos del segundo. Ellos sí hicieron lo que tocaba.

jueves, 21 de agosto de 2008

Lanzando las medallas al vuelo

Artículo publicado en Vistazo a la Prensa en agosto de 2008.

Si les digo la verdad a mis queridos reincidentes, confiaba en que mi primer artículo postvacacional versaría sobre los inconvenientes a los que el sufrido turista suele verse sometido durante su asueto veraniego, resignado ya -además de a las imponderables vicisitudes inherentes a todo periplo turístico- a que cuando uno contrata un viaje, en un momento u otro, le van dar gato por liebre de forma irremediable. Pero no, aunque resulte increíble esta vez no.

Dejando al margen el insignificante hecho de que el guía te suelte nada más que diez minutos escasos para contemplar una de las siete maravillas del mundo, alegando ir mal de tiempo, para luego tenerte hora y media en la tienda de souvenirs de su amiguete -del que a buen seguro recibirá jugosas comisiones ,y a saber qué otras inconfesables dádivas, por proporcionarle turistas frescos y con euros-, y dejando también al margen el intranscendente detalle de tener que “regalarle” a un policía montado en un camello una gorra Ferrari, un paquete de Marlboro y un mechero del Barça para recuperar mi cámara de fotos, se puede decir que esta vez, las más que merecidísimas vacaciones de este columnista han transcurrido de forma no ya apacible, sino incluso placentera; por lo que una circunstancia a todas luces deseable y de agradecer, obliga a quien les escribe a -en pleno estrés postvacacional, que tiene su mérito- estrujarse los sesos recién finalizado su veraneo, para ofrecerles un artículo que a priori preveía sencillo, versando sobre maletas desaparecidas, overbooking en vuelos y hoteles, timos a la hora de cambiar moneda, desajustes intestinales, facturas telefónicas desorbitadas –de esto último aún no estoy a salvo- y todos esos maravillosos alicientes adicionales sin los cuales unas vacaciones no son ya unas vacaciones como Dios manda y que, por otra parte, son los que vienen acompañando últimamente de forma habitual a este columnista cada vez que toma un avión. Así que, tras asumir que estas vacaciones han transcurrido -inexplicablemente, insisto- sin novedad en el frente, no puedo más que sucumbir ante la fiebre olímpica y comentar con ustedes el proceder de algunos, o mejor casi todos, los medios informativos cada vez que se acercan acontecimientos deportivos relevantes.

Decimos en mi tierra que “no es pot dir blat, fins que no és al sac i ben lligat” que traducido al castellano sería algo como que el trigo no está a salvo, hasta que no está en el saco y éste –el saco, no el trigo- está por fin bien atado, algo así como el cuento de la lechera. Pues bien, convendrán ustedes conmigo en que en estas olimpíadas muchos medios y muchos de los comentaristas deportivos han huido de la más elemental prudencia para lanzar las medallas al vuelo antes de que éstas cuelguen sobre el cuello de los deportistas de la delegación española.

Le faltan a un servidor dedos en las manos -e incluso en los pies- para contar los periodistas y comentaristas que auguraban para estos juegos un éxito sin precedentes, y que, habida cuenta de los triunfos obtenidos por nuestros deportistas en las competiciones internacionales, las 22 medallas obtenidas en Barcelona iban a ser pecata minuta comparadas con las que se iban a obtener este año en China. Que si este va a ser el año de España, que si a por ellos, que si que se aparten que llegamos y… ¡¡Plaf!! Batacazo. Lo que iba a ser la madre de todas las olimpíadas se ha quedado, una vez más, en que si quieres arroz -aloz, en este caso- Catalina.

Así luego llegan las desilusiones, las justificaciones, las disculpas, las excusas. Que si los árbitros, que si la diferencia horaria, que si los rollitos de primavera que pican más en Pekín –diré Beijing cuando ellos digan Reus y no Leus- que en el restaurante chino de su pueblo. Y así, día tras día, los noticiarios deportivos se inician con lo de “nueva decepción en China” o lo de “se nos volvió a escapar una medalla”, como si las medallas ya estuviesen ganadas y se le hubiesen caído al deportista al agacharse a atarse los cordones de sus Nike.

Y digo yo: ¿es imprescindible añadir a los atletas más presión aún de la que ya supone participar en unos juegos? ¿Es necesario referirse hasta la saciedad a un atleta como “mayor aspirante al oro olímpico” como sucedió reiteradamente con Gómez Noya en los días previos al triatlón? Así se queda uno despierto hasta las cuatro de la madrugada para ver en directo al amigo Noya llevarse el oro y lo que ve es cómo el máximo aspirante al oro olímpico se queda con dos palmos de narices y otros dos de lengua. Y ya tenemos al pobre triatleta, después de haber nadado, pedaleado y corrido como un loco bajo un calor asfixiante y una humedad de sauna, casi pidiendo disculpas por haber obtenido una magnífica cuarta posición. Por suerte el locutor se mostró comprensivo y no le escupió en la cara. Lo positivo de ver por televisión un triatlón a las cuatro de la madrugada es que, por mal que vaya la competición, por disgusto que se lleve uno con el resultado, no se va a la cama sin cenar.

Más de lo mismo ante el partido de baloncesto que enfrentó a Gasol y Cía con el Dream Team: que si se puede dar la campanada, que si esta selección es capaz de todo… ¿No hubiese resultado mucho más humilde –e infinitamente más realista- decir que si los americanos tenían un mal día y los españoles lo bordaban había alguna posibilidad de ganar? A ver si toman nota y, si en el caso de que haya suerte, se llegue a la final y se repita partido, no vayamos a ir nuevamente de sobrados, que ya se ha visto cómo nos fue el pelo, porque ya he escuchado a algún ilustre comentarista iluminado, afirmar que aquel día Aíto se guardó en la manga varios ases y no mostró a los americanos todas las cartas. Vamos, que perdieron a cosa hecha… ¿Mandan o no mandan webs?

Y así, día tras día, echan las medallas al vuelo y éstas acaban evaporándose. Luego, si no se consiguen más de las 22 medallas previstas, la culpa será del calor, de la humedad, de los jueces o, si no, de la subida del crudo o de los catalanes, y así ya hay nueva excusa para el próximo boicoteo de cava.

¿Más de 22 medallas? Decía el ciego que veía, y eran las ganas que tenía. Vale, de acuerdo, mejor ser optimistas que pesimistas, pero… ¿Y el término medio? En periodismo debiera primar el sentido común sobre la demagogia de escribir lo que todo el mundo prefiere leer, máxime cuando eso no es más que vender periódicos a base de vender humo. Si no se cumplen ESAS expectativas –que no LAS expectativas- quizás convenga reconocer que la culpa es más de quien peca de optimista que de los que se han quedado sin medallas pese a buscarlas con ahínco. Aunque no me imagino yo la portada de ningún periódico abriendo a cinco columnas con un titular del tipo “Lo sentimos, vendimos la piel del oso antes de cazarlo.”